lunes, 1 de abril de 2024

Nina Y Max

En el caos organizado que es mi hogar, donde las aventuras peludas son moneda corriente y el caos es el rey indiscutible, dos criaturas han dejado su huella en los rincones más inesperados de mi vida. Nina y Max, los protagonistas de las historias más hilarantes y conmovedoras que jamás haya vivido.

Nina, la reina indiscutible de la casa, llegó a mí como una princesa callejera en busca de un reino que reclamar como propio. Con su elegancia felina y su mirada que podría derretir el corazón del más duro de los mortales, conquistó mi hogar y mi corazón en un abrir y cerrar de ojos. Desde entonces, cada día es una nueva aventura con esta dama de pelaje moteado y temperamento indomable. Siempre logra sorprenderme con sus travesuras dignas de una película de comedia, desde sus intentos fallidos de cazar moscas hasta sus momentos de "soy demasiado fabulosa para bajar del árbol".

Y luego está Max, mi compañero de travesuras de cuatro patas, cuyo entusiasmo por la vida podría rivalizar con el de un niño en una tienda de dulces. Regalo de mi mejor amigo en un momento en que la vida parecía estar jugando en mi contra, Max llegó a mi vida como un rayo de luz en medio de la tormenta. Con su cola que parece tener vida propia y su habilidad para meterse en problemas con una facilidad pasmosa, es imposible no reírse con sus travesuras diarias. 

Desde sus intentos fallidos de hacerse amigo del gato hasta sus juegos interminables con su pelota favorita (que, por cierto, ya está más desgastada que mis zapatillas de correr), cada momento con Max es una lección de amor y diversión sin fin.

En el caos armonioso que es la convivencia con Nina y Max, encuentro la verdadera esencia de la felicidad: en los abrazos peludos y en los momentos caóticos que hacen que la vida valga la pena vivirla. Son ellos, con sus travesuras y su amor incondicional, quienes me recuerdan que, a pesar de los altibajos de la vida, siempre habrá un motivo para sonreír y disfrutar del presente.Así que aquí estoy, navegando por las aguas turbulentas de la vida con mis dos compañeros de travesuras a mi lado, listo para enfrentar cualquier desafío con una sonrisa en el rostro y una buena dosis de humor peludo. Porque al final del día, lo que realmente importa es el amor que compartimos y las risas, ladridos y maullidos que nos unen, en un baile eterno de caos y felicidad que nunca deja de sorprenderme.

domingo, 17 de marzo de 2024

Amor líquido

 En un mundo marcado por el constante cambio y la superficialidad, las relaciones humanas han sufrido una transformación dolorosa. Lo que antes eran vínculos sólidos ahora son simples sombras de lo que fueron, arrastradas por la corriente de la modernidad líquida. Esta nueva forma de conexión se caracteriza por la falta de profundidad y la constante búsqueda de lo nuevo, sacrificando la autenticidad en el altar del consumo emocional. Hombres y mujeres somos productos de consumo. 

Es común escuchar historias de personas que, como yo, han salido con alguien solo para ser dejadas atrás sin explicación. Esta experiencia, aunque ajena, nos recuerda la fragilidad de las conexiones modernas y la necesidad de aprender a convivir con ello. Somos productos de consumo, descartables, desechables. 

En este escenario, las relaciones se convierten en mercancías expuestas en el escaparate del mercado social, donde la autenticidad es reemplazada por la superficialidad y la constante necesidad de novedad. El capitalismo voraz ha creado una cultura del amor líquido, donde las conexiones humanas son tratadas como productos desechables, sujetos a la demanda emocional del momento.

Bajo la presión de la sociedad de la transparencia, la intimidad se convierte en moneda de cambio en el mercado de la visibilidad, erosionando la autenticidad y dejando al descubierto las cicatrices emocionales. El individualismo, aunque promueve la autonomía personal, también genera una profunda soledad, transformando las relaciones en encuentros efímeros donde la profundidad emocional se pierde en aras del bienestar individual.

La búsqueda constante de significado en un mundo inconstante solo revela la desesperación que subyace en el corazón del amor líquido. Nos aferramos a encuentros fugaces y promesas vacías en un intento de llenar el vacío existencial, pero solo encontramos más desolación. En última instancia, el amor líquido es una expresión tangible de la desesperación de la existencia contemporánea, donde la búsqueda de estabilidad en un mundo fluido parece ser una tarea imposible.

En este paisaje desolado, nos enfrentamos a la triste realidad de que nuestras relaciones se han convertido en objetos descartables, consumidos y desechados como cualquier producto de supermercado. Tal vez este sea el nuevo paradigma de las relaciones humanas: un intercambio emocional costoso y frívolo que deja tras de sí un rastro de desolación y melancolía.

lunes, 10 de agosto de 2015

INFARTOS

Los años han sabido sobrepasarme y yo, de alguna forma extraña, he sabido sobreponerme. No sobreponerme victorioso, o por lo menos saliendo airoso de situaciones sino más bien reaccionando tardíamente convertido, por momentos, en otra persona. Otro que no soy yo, o no alguien que deseaba ser. Pero es como un mecanismo defensivo. Algo como una virtud evolutiva de ser otro mientras pasan cosas indeseadas.

Ya no sucede tan a menudo, o al menos eso es lo que parece. Todos los días me levanto y camino al consultorio y a la universidad y pienso que estoy haciendo las cosas como se deben. Luego recuerdo que voy en un bus y me pregunto si lo que deseaba era salir todos los días de la casa para sentarme en un escritorio a firmar y sellar evaluaciones clínicas o para ir a hablar con mi directora de tesis sobre el artículo de Zielynsky en el que dicen que morirse de un infarto en el trabajo es una posibilidad real si uno pasa mucho tiempo sentado, lo cual, como es preciso, no se debe.

Ahora me levanto de mi silla y paseo por los alrededores de la oficina, hago lo que se debe. Voy a la estación de servicio y veo a la vendedora de seguros para autos sentada con su espalda recta y su mirada fundida sobre la pantalla que tiene un programa para calcular el costo de los seguros: modelo, marca, línea tipo de cabina y precio. Demoro lo justo mientras pago la avena y las galletas de soda para darme cuenta que ella hace lo que no se debe. Sentada, todo el día, supongo que tendrá más riesgos de infartarse que yo, que apenas trabajo 5 horas.

Creo que algo pasa mientras uno espera que pase el tiempo. De pronto se va infartando de a pocos. Desperdiciando la vida en esos momentos en los que es preciso y se debe desperdiciar pero ojalá de pie, para no morirse tan rápido. A veces siento ganas de decirle que se levante de la silla y camine por 10 minutos cada dos horas, que es lo que recomienda Zielynsky para no morirse de un infarto. Me parece que las relaciones más distantes son las que se conservan con más alegría. Por eso no me atrevo a decirle algo. Prefiero que se muera de un infarto y no que un día decida hacer lo que se debe “levantarse” a caminar y que yo vaya y no la vea, pérdida, haciendo lo que no se debe, ahí, en su silla.  

miércoles, 30 de abril de 2014

Déjame Llorar

Es tan primitivo mi conocimiento de la música que distinguir el silbido del viento del maullar de un perro nostálgico es tarea fútil. Constantemente pienso en esa pieza musical de la opera Rinaldo de Handel. No supe, hasta bien leída la historia, que se trataba de un aria, y menos que era obra de un tipo que se llamaba Handel, Haendel o Händel.

Luego de escuchar la pieza en una película de Von Trier, decidí, a pesar de lo incidental en el filme, agregarla a mí lista de favoritos. Es trágico, siento culpa cada vez que la escucho. En la película una pareja sostiene una relación sexual desenfrenada mientras la hermosa voz, hecha música, se funde con el sonido de los vientos y los metales hechos música, así como los amantes se vuelven uno en la excitación y la lujuria. Mientras todo ello ocurre el hijo de la pareja, Nick, sale de su cuna, se asoma a la ventana abierta, y cae con la nieve grácil, ya no en una ópera sino en una sinfonía en la que aria, orgasmo y libertad se tiñen del rojo enceguecedor de la muerte.  

Y es trágico porque la obra es preciosa, pero siempre la asocio a ese evento desafortunado en el que tuve que saber de su existencia. Se oye, diáfana, con pasión, pero a la vez con sutileza, la palabra libertad. De golpe recuerdo a la mujer teniendo uno de los más placenteros orgasmos que haya visto en el cine, y a la par, en el crepúsculo del clímax veo a Nick cayendo por la ventana en un claro desafío a la perdida de vitalidad de su madre y padre, una carrera por llegar primero a la línea de meta, la muerte.

Los segundos previos a la muerte transcurran con una tranquilidad

Ha de ser muy raro palpitar un orgasmo el día en que los hijos se mueren. Tal vez se entienda como la invocación a una sustitución, una sucesión innecesaria y cruel recordada por lo excitante de la creación. Déjame llorar por mi cruel destino; y ese anhelo por la libertad. Yo siento que una parte de mi muere cada vez que el recuerdo de la escena llega a mi mente. No sé qué me motiva a escuchar la pieza en ocasiones tan disímiles que creo que puede ser útil para consolar en un funeral así como para ambientar la más agradable de las conversaciones. No sé, tal vez estoy viviendo un orgasmo y en la antípoda de mis deseos está muriendo algo dentro de mi, un Nick que va cayendo junto con la nieve en lo frío y sombrío de mis pensamientos.


Y que suspire y que anhele la Libertad.  

miércoles, 22 de enero de 2014

Zobeida

Ivan Klima dice que nada se parece tanto a la muerte como el amor. Cada aparición de cualquiera de los dos es única pero definitiva, irrepetible, inapelable, impostergable.

El amor y la muerte no tienen historia. En Zobeida, aquella ciudad de Calvino, soñada como la trampa absoluta, amor y muerte coexisten. Y son tan similares que soñar con el amor y construirlo es morirse, es recorrer las calles idealizadas, preparadas, buscando a la mujer fantaseada, yendo y viniendo por sus calles como si se tratase de un laberinto sin salida en el que el amor, o enamorarse, no tiene más remedio que equipararse a la muerte, allá donde termina el camino no muere el deseo, se hace más intenso; pero la mujer, inmaterial, alienada, no puede encontrarse.

Pienso en esos hombres que diseñaron caprichosamente a Zobeida, cada uno con un patrón tan distinto el uno del otro que acumularon tal cantidad de formas y caminos que es poco probable que dos hayan recorrido o soñado siquiera alguno que compartiera pocos metros con los demás. Donde uno construyó una autopista otro diseñó un puente elevado, allí donde alguno soñó una gran plaza, punto de partida de su búsqueda, otro soñó un muro inescapable, una talanquera cuya función no era la defensa sino la culminación, allí donde muere el hombre, estando vivo, nace el deseo.  

Es una ciudad blanca, pura, no podría ser de otra forma. Suficiente ya habría con la formulación antojadiza de los miles de urbanistas que la diseñaron. No podría ser naranja, no podría ser roja, no podría ser negra, de ninguna otra forma tanto deseo hubiese podido contenerse ¿Imagina usted una ciudad rosa habitada por hipersexuales?

La naturaleza de Zobeida no es ser fugitiva, por el contrario, trata de ser captora. Miedo y amor se funden en una aleación tan fuerte que los elementos que la componen ya no pueden separarse. ¿Pero Zobeida?  Zobeida no existe, y no existirá, es una idealización, es una mujer que vaga desnuda, de cabello largo, que origina el enamoramiento a la par del miedo, la melancolía.

Zobeida no es real, pero se manifiesta. Puede ser, en esencia, una porción de Andrea, de Gina, de Ingrid, de Alejandra, de Mónica, tal vez por eso cada hombre construye un camino distinto, nunca dos sueños son iguales, porque nunca una plaza será el lugar central de una historia, otra puede construirse en un callejón y terminar en una sala de cine vacía, si es que termina, o comienza.

Hay que sobrevivir a los demás, a pesar de sus caminos, caminos que ya eligieron y que no se cruzan con el nuestro, por desgracia. 

martes, 17 de diciembre de 2013

Palabras Prestadas


Hoy terminé el anteproyecto de mi tesis. Hacer una maestría no parece una cosa complicada. Asistes los primeros semestres a clases con el firme propósito de saber en qué te metiste. De entrada no es complejo, tu trabajo consiste, simplemente, en hablar de otro autor o de otros autores y los replicas como un diletante a sabiendas que a la larga te vas a aprender un 10, o quizá, un 15% de todo lo que viste, leíste y oíste. Más aún, si lo que haces es de una practicidad tan pulcra que parece que estudiaras una ciencia muerta, te das cuenta que tú también estás muerto. Es que no poder rebatir una idea, porque es tan objetiva y axiomática que no merece contradicción hace del estudio un mero compuesto de saberes ya “sabidos”, replicados, fríos, carcomidos por los años, como un muerto exhumado en busca de la verdad sobre su muerte.

Y no ha sido fácil, tampoco. Esos primeros semestres fueron distantes. Un tanto de libros técnicos leídos por allí, un tanto de normatividad escrutada a la luz de un maestro-abogado que hacía de mi aparente juventud un juicio alocado sobre ella, que sí ya me habría graduado de bachiller o si tan solo –yo- sería un impostor de clases, y de conocimientos; o de ese otro maestro, un hombre triste y embotado a quien poco estimé por hacer en su primera clase una presentación en inglés en una clara muestra de debilidad y arrogancia al mismo tiempo.

 Tal vez lo más agradable fue haber leído unos cuantos textos acerca de la necesidad del trabajo para el trabajador y de la necesidad del trabajador por el trabajo, pero también, de cómo es eso precisamente, el trabajo, la causa de unas luchas intestinas por sobrevivir en un mundo volcado al hiperconsumo y a hiperconsumirse, a morirse entre tuercas, como lo describiría Louis-Ferdinand Céline en su juicio estricto sobre lo que pasaba en River Rouge, la emblemática empresa de Ford en la roída ciudad post-capitalista actual que es Detroit: “Da asco ver a los obreros agacharse preocupados por agradar a las máquinas al máximo, entregándoles los clavos al calibrar y después otros clavos más, en vez de terminar con eso de una vez por todas, aquel olor a aceite, aquel vapor que quema los tímpanos y el interior de los oídos, por la garganta. No es por vergüenza que están cabizbajos. La gente cede al ruido como cede a la guerra”.  

Creo que eso era lo que más me encantaba. Ni una coma más, ni una coma menos era lo que quería de esas lecturas. Nada de tablas con números ni de gráficos con procesos, a Céline, hoy nada de esos formalismos le importarían. Después de su jornada se dirigía donde Molly, la prostituta que a cambio del clímax y una sesión gratuita de psicoterapia –escucharlo- lo liberaba de la automatización y lo entregaba desbordado a la lujuria y aun sexo transformador, le devolvía la esperanza.

Y vuelvo al tema, asistes a unas clases y luego debes decidir qué hacer, cuál será ese aspecto del campo de estudio que piensas abordar y ajustarte a un lenguaje que permite, de entrada, sentirse cercano. No hablas de área, sino de campo de estudio; no piensas en un problema, sino en una problemática; no defines qué vas a hacer, sino que plasmas una “metodología”, fría, calculada. Y así con todo. Ya no tienes permitido hablar de “esas cosas”, sino que debes nombrarlas, hacerlas cercanas, como cuando ponemos nombre a una mascota y empieza a existir para nosotros de una forma distinta a como podría existir un perro en una calle oscura a media noche, por eso a nuestros horrores no les ponemos nombres, apenas, si es el caso, lo llamamos “eso que nos pasó” o “ese momento”, “la innombrable”.

Pareciera, por lo escrito hasta aquí, que estoy equivocado. Que me formulé, para estos años, una rutina enloquecedora, pero no es así. Hoy, cuando entregué esos trozos de papel formulando qué voy a hacer, sentí, por lo menos, que hacía lo correcto. Antes de regresar a estudiar pensé demasiado sobre sí debía ingresar a ese “programa” y no a otro, sobre sí mis rutas deberían estar marcadas por hacer a un lado el practicismo y volcarme concienzudamente a un camino menos demarcado, más libre, pero igual de académico, o sea, menos libre.

Espero que el proyecto tenga sentido, no es la gran cosa si uno apenas le ha puesto un nombre que no puede exceder las quince palabras, podría caber en un tuit y diría todo, pero a la vez no diría nada. Debo confesar, con sobrada sinceridad, que es un proyecto ambicioso, que me pidieron hacer un cronograma y no sabía si dejarlo en puntos suspensivos… sine díe; que el presupuesto -porque también hay que saber cuánto vale- apenas da lugar a equivocaciones, y que si algo se desborda o se sale de su cauce normal habrá que botar algunas cosas al río para rescatar la balsa y al balsero. No sé, aguardaré para que el viernes me lo devuelvan con las “correcciones” y pasaré estos pocos días, si no me da pereza volver a las tablas y a los gráficos, haciendo cambios, nombrando y resignificando, dándole sentido a la palabra como un cristiano le busca sentido a un pasaje del apocalipsis.


A la larga, cuando termine esta maestría, pueda, si el dinero y el tiempo me lo permiten, hacer otras cosas a las que por sucesos clandestinos de mi vida les he tomado tanto aprecio que compiten por minutos con las tablas y los gráficos reveladores de una realidad milimétricamente cuidada y medida. Pueda, tal vez, dedicarme a ser un poco menos acartonado. Y pueda, tal vez, dedicarme a escribir un poco más, eso sí, con mis propias palabras, no con palabras prestadas, aunque todos las compartamos. 

sábado, 30 de noviembre de 2013

¿Qué soy?

"Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un mounstruoso insecto." F. Kafka

El cine me ha cautivado, es como un refugio de verdades cuando asoma en la pantalla la vida del Chaco o de Grace, o un retrato de mentiras reconfortantes en las que los buenos, a ímpetu de fe, como si dios si estuviera de su parte, vencen en batallas prodigiosas o se imponen a la maldad de forma tan sencilla que impactan negativamente la percepción de realidad de los espectadores; es increíble como por culpa de una escena pueden rodar las lagrimas al creer que los buenos, esos que rezan, que están de lado de la justicia y de la bondad han conquistado, luego de interminables-terminables sufrimientos, la gloria de ver sus vidas resueltas en finales felices que más parecen comienzos, porque en realidad los finales siempre son tristes.

Creo que este gusto  por el cine no surgió de la nada, se cruzaron varios elementos trascendentales que hicieron que a la larga me convirtiera en un extraño espectador. De esos espectadores que llegan a las películas más por las enfermedades mentales del director que por los conocimientos de la teoría cinematográfica. Y es que no importa no saber de cine, porque “conocer” de cine puede ser aburrido, se pierde la gracia de ver la bondad, la justicia y la verdad como esos valores absolutos sobre los que deben recaer las acciones de los protagonistas y se cae en el propagandismo intelectual de ver películas solo por el Bafta o la palma de oro en Cannes.  


A veces pienso que escogí el camino equivocado, que nunca debí interesarme por el cine, sino por la literatura, y en realidad terminé estudiando algo que a la larga no tiene nada que ver con las dos. O de pronto sí, pero no es tan evidente. Creo que estoy vagando de un lado a otro, pero es que yo no tengo fe, y estoy casi seguro que dios no está de mi parte. Un día le pregunte a mis estudiantes que si tuvieran que escribir el guión de una película sobre sus vidas, cómo llamarían ese escrito, alguno respondió: “Pensé que iba a ser más difícil”, y ahí me di cuenta que dios estaba de su parte, quién sabe por cuánto tiempo; yo, por lo pronto, estoy construyendo el personaje central, no he empezado la trama, apenas estoy como Matty, en La Oscuridad Visible, preguntándome ¿quién soy? O mejor, ¿qué soy?