
Hoy terminé el anteproyecto de mi
tesis. Hacer una maestría no parece una cosa complicada. Asistes los primeros
semestres a clases con el firme propósito de saber en qué te metiste. De entrada
no es complejo, tu trabajo consiste, simplemente, en hablar de otro autor o de
otros autores y los replicas como un diletante a sabiendas que a la larga te
vas a aprender un 10, o quizá, un 15% de todo lo que viste, leíste y oíste. Más
aún, si lo que haces es de una practicidad tan pulcra que parece que estudiaras
una ciencia muerta, te das cuenta que tú también estás muerto. Es que no poder
rebatir una idea, porque es tan objetiva y axiomática que no merece
contradicción hace del estudio un mero compuesto de saberes ya “sabidos”,
replicados, fríos, carcomidos por los años, como un muerto exhumado en busca de
la verdad sobre su muerte.
Y no ha sido fácil, tampoco. Esos
primeros semestres fueron distantes. Un tanto de libros técnicos leídos por
allí, un tanto de normatividad escrutada a la luz de un maestro-abogado que hacía
de mi aparente juventud un juicio alocado sobre ella, que sí ya me habría
graduado de bachiller o si tan solo –yo- sería un impostor de clases, y de
conocimientos; o de ese otro maestro, un hombre triste y embotado a quien poco
estimé por hacer en su primera clase una presentación en inglés en una clara
muestra de debilidad y arrogancia al mismo tiempo.
Tal vez lo más agradable fue haber leído unos
cuantos textos acerca de la necesidad del trabajo para el trabajador y de la
necesidad del trabajador por el trabajo, pero también, de cómo es eso precisamente,
el trabajo, la causa de unas luchas intestinas por sobrevivir en un mundo
volcado al hiperconsumo y a hiperconsumirse, a morirse entre tuercas, como lo
describiría Louis-Ferdinand Céline en
su juicio estricto sobre lo que pasaba en River
Rouge, la emblemática empresa de Ford en la roída ciudad post-capitalista
actual que es Detroit: “Da asco ver a los
obreros agacharse preocupados por agradar a las máquinas al máximo, entregándoles
los clavos al calibrar y después otros clavos más, en vez de terminar con eso
de una vez por todas, aquel olor a aceite, aquel vapor que quema los tímpanos y
el interior de los oídos, por la garganta. No es por vergüenza que están
cabizbajos. La gente cede al ruido como cede a la guerra”.
Creo que eso era lo que más me
encantaba. Ni una coma más, ni una coma menos era lo que quería de esas
lecturas. Nada de tablas con números ni de gráficos con procesos, a Céline, hoy nada de esos formalismos le
importarían. Después de su jornada se dirigía donde Molly, la prostituta que a
cambio del clímax y una sesión gratuita de psicoterapia –escucharlo- lo
liberaba de la automatización y lo entregaba desbordado a la lujuria y aun sexo
transformador, le devolvía la esperanza.
Y vuelvo al tema, asistes a unas
clases y luego debes decidir qué hacer, cuál será ese aspecto del campo de
estudio que piensas abordar y ajustarte a un lenguaje que permite, de entrada,
sentirse cercano. No hablas de área, sino de campo de estudio; no piensas en un
problema, sino en una problemática; no defines qué vas a hacer, sino que
plasmas una “metodología”, fría, calculada. Y así con todo. Ya no tienes
permitido hablar de “esas cosas”, sino que debes nombrarlas, hacerlas cercanas,
como cuando ponemos nombre a una mascota y empieza a existir para nosotros de
una forma distinta a como podría existir un perro en una calle oscura a media
noche, por eso a nuestros horrores no les ponemos nombres, apenas, si es el
caso, lo llamamos “eso que nos pasó” o “ese momento”, “la innombrable”.
Pareciera, por lo escrito hasta
aquí, que estoy equivocado. Que me formulé, para estos años, una rutina
enloquecedora, pero no es así. Hoy, cuando entregué esos trozos de papel
formulando qué voy a hacer, sentí, por lo menos, que hacía lo correcto. Antes
de regresar a estudiar pensé demasiado sobre sí debía ingresar a ese “programa”
y no a otro, sobre sí mis rutas deberían estar marcadas por hacer a un lado el
practicismo y volcarme concienzudamente a un camino menos demarcado, más libre,
pero igual de académico, o sea, menos libre.
Espero que el proyecto tenga
sentido, no es la gran cosa si uno apenas le ha puesto un nombre que no puede exceder
las quince palabras, podría caber en un tuit y diría todo, pero a la vez no
diría nada. Debo confesar, con sobrada sinceridad, que es un proyecto
ambicioso, que me pidieron hacer un cronograma y no sabía si dejarlo en puntos
suspensivos… sine díe; que el presupuesto -porque también hay que saber cuánto
vale- apenas da lugar a equivocaciones, y que si algo se desborda o se sale de
su cauce normal habrá que botar algunas cosas al río para rescatar la balsa y
al balsero. No sé, aguardaré para que el viernes me lo devuelvan con las “correcciones”
y pasaré estos pocos días, si no me da pereza volver a las tablas y a los
gráficos, haciendo cambios, nombrando y resignificando, dándole sentido a la palabra
como un cristiano le busca sentido a un pasaje del apocalipsis.
A la larga, cuando termine esta
maestría, pueda, si el dinero y el tiempo me lo permiten, hacer otras cosas a
las que por sucesos clandestinos de mi vida les he tomado tanto aprecio que
compiten por minutos con las tablas y los gráficos reveladores de una realidad milimétricamente
cuidada y medida. Pueda, tal vez, dedicarme a ser un poco menos acartonado. Y pueda,
tal vez, dedicarme a escribir un poco más, eso sí, con mis propias palabras, no
con palabras prestadas, aunque todos las compartamos.