Ivan Klima dice que nada se
parece tanto a la muerte como el amor. Cada aparición de cualquiera de los dos
es única pero definitiva, irrepetible, inapelable, impostergable.
El amor y la muerte no tienen
historia. En Zobeida, aquella ciudad de Calvino, soñada como la trampa absoluta,
amor y muerte coexisten. Y son tan similares que soñar con el amor y
construirlo es morirse, es recorrer las calles idealizadas, preparadas,
buscando a la mujer fantaseada, yendo y viniendo por sus calles como si se
tratase de un laberinto sin salida en el que el amor, o enamorarse, no tiene
más remedio que equipararse a la muerte, allá donde termina el camino no muere
el deseo, se hace más intenso; pero la mujer, inmaterial, alienada, no puede
encontrarse.
Pienso en esos hombres que
diseñaron caprichosamente a Zobeida, cada uno con un patrón tan distinto el uno
del otro que acumularon tal cantidad de formas y caminos que es poco probable
que dos hayan recorrido o soñado siquiera alguno que compartiera pocos metros
con los demás. Donde uno construyó una autopista otro diseñó un puente elevado,
allí donde alguno soñó una gran plaza, punto de partida de su búsqueda, otro
soñó un muro inescapable, una talanquera cuya función no era la defensa sino la
culminación, allí donde muere el hombre, estando vivo, nace el deseo.
Es una ciudad blanca, pura, no podría
ser de otra forma. Suficiente ya habría con la formulación antojadiza de los
miles de urbanistas que la diseñaron. No podría ser naranja, no podría ser roja, no podría ser negra,
de ninguna otra forma tanto deseo hubiese podido contenerse ¿Imagina usted una
ciudad rosa habitada por hipersexuales?
La naturaleza de Zobeida no es ser
fugitiva, por el contrario, trata de ser captora. Miedo y amor se funden en una
aleación tan fuerte que los elementos que la componen ya no pueden separarse. ¿Pero
Zobeida? Zobeida no existe, y no
existirá, es una idealización, es una mujer que vaga desnuda, de cabello largo,
que origina el enamoramiento a la par del miedo, la melancolía.
Zobeida no es real, pero se manifiesta.
Puede ser, en esencia, una porción de Andrea, de Gina, de Ingrid, de Alejandra,
de Mónica, tal vez por eso cada hombre construye un camino distinto, nunca dos
sueños son iguales, porque nunca una plaza será el lugar central de una
historia, otra puede construirse en un callejón y terminar en una sala de cine
vacía, si es que termina, o comienza.
Hay que sobrevivir a los demás, a
pesar de sus caminos, caminos que ya eligieron y que no se cruzan con el nuestro, por desgracia.
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