¿Cómo
no ser uno mismo?
Desde
que tengo memoria recuerdo haber sido siempre, en cualquier caso y ante
cualquier circunstancia un pesimista. Es que la vida siempre me daba y me da
motivos, cualquier día que abro el periódico me encuentro con una noticia que
me quita las ganas de vivir en Colombia, a veces hasta se me quitan las ganas
de vivir, pero creo yo, en este país ya todos estamos muertos, de ese tamaño es
mi pesimismo, no veo el vaso medio vacío, sino que pienso que el vaso está roto
o es desechable o en el peor de los casos que el vaso no existe.
El
pesimismo no es tristeza pura, pero viene a cuento toda vez que en Colombia la
gente es feliz, y uno cosa si es cierta, el pesimismo no es felicidad. La
alegría a borbotones empalaga, obnubila y rompe la sensata equipolencia que
debiera existir entre los hechos, las apreciaciones y la imaginación, la
alegría se presenta como una tergiversación de las señas y de lo sueños, como
la creencia en lo inalcanzable pero el conformismo por lo ya logrado, como si
saber, creer u opinar fueran lo mismo, pues la gente que opina, cree que opina
ajustada a la verdad.
Nací
en Colombia, pero eso no quiere decir nada, como tampoco sirve de nada. Alguna
vez, mientras leía la decisión de Fernando Vallejo de renunciar a la
nacionalidad colombiana fui feliz, creo que se debió más a una idealización,
una vedettizaciòn de Vallejo que me hacia yo a realmente una posición sensata
sobre el hecho; él decidió ser mexicano, total lo importante es que no fuera
colombiano. Tiempo después, luego de recibir un premio, que como hombre sensato
decidió donar a fundaciones que cuidan animales y no a los humanos manifestó
que su tierra, donde había nacido, era Colombia y que México sería el lugar
donde moriría, recuperó su nacionalidad, la había dejado cuando para las
elecciones del 2006 los colombianos habían reelegido a Àlvaro Uribe como su
presidente.
Como
Vallejo, el punto es que yo no soy feliz en Colombia, (en otro lugar, tal vez,
da igual, no lo sería) no soy triste tampoco, soy pesimista, que es a su vez
como un premio a la memoria, como la melancolía es el premio de los que
injustamente salieron derrotados. Los pesimistas eliminamos las lagrimas y las
quejas, las dejamos para los tristes, lo nuestro es la rabia plagada de
impotencia, de inacción, es traer al ya, al ahora, todos los escenarios apocalípticos
y escatológicos que alguien pueda imaginar, con la absoluta certeza que nada va
a cambiar, que lo que estuvo ya esta hecho, y lo que no está hecho ya está
diseñado, preparado para hacerse mal.
¿Cómo
no ser pesimista? ¿Cómo no ser triste? ¿Cómo no ser uno mismo? Soy yo cuando
soy parsimonioso, apegado a un lenguaje que busco sea tan preciso para el
momento que cuando se ha pasado el tiempo de decir lo que ya he pensado es
mejor quedar callado que verbalizar a destiempo, aplicando la autocensura, no
soy yo, como cuando escribo, pues suelo estar triste, así logro no ser yo
mismo, aunque eso no sea estrictamente posible.