jueves, 11 de octubre de 2012

La Hazaña de Morir a Destiempo


A veces estoy radiante, especialmente cuando me deshago en elogios al amor, al amor en cualquiera de sus formas. Me suspendo frente a la vida, dejo que las cosas pasen frente a mis ojos con una pasividad que no opone resistencias a la duda o la simple idea de no existir, porque hago como si no existiera, como si me hubiera muerto en otro tiempo y viviera una vida que no me pertenece. Ya no aspiro a otra vida, con esta es suficiente y si me sobra aspiro a vivirla plenamente.

Pienso en Brillith, hoy leí una crónica sobre su muerte que se centró en su melancólica vida. Tenía 14 años, se disparó en el patio de su colegio, frente a sus compañeros de estudio, frente a sus profesores. Honró con notas fúnebres a quienes vieron por ella; a su madre, que la abandonó, le dio gracias por parirla, por expulsarla a este mundo en el que ella decidió no estar más, le dejo otra carta a su mejor amiga, con la que ya no eran tan amigas por las delicadezas propias de la adolescencia, una más a su tía que no era su tía sino la mujer que la había recogido de la calle y escribió unas líneas finales dedicadas a su madrina, que era la hija de su tía, que como ya se sabe, no era su tía, un absurdo.

La angustia de ella no dependía de sí misma, sino del azar. Pudo no haber nacido, no existir “esa” Brillith, con ese nombre, escrito así, tal vez era la única pero bien pudo no haber llegado aquí para irse tan pronto. También pudo haber nacido pero morirse antes, que alguna bestia de Mariquita le pasara sus carnes con brío por las suyas, intoxicarse con plaguicidas de alguna plantación de arroz, resbalar en el baño, caerse en la calle, pero es que la muerte es disimulada, no caza a sus muertos sino que a veces los conduce a la trampa.

La muerte es femenina, vanidosa, le gusta dominar y que no le sean indiferentes, en el culmen de la miseria los hombres y las mujeres se rinden a ella, van muriéndose desde que nacen, le coquetean a diario hasta que un día la muerte les da un sí o se abigarran a ella en un teatro dantesco, una hazaña propia de  indómitos que quieren llegar primero al sin destino, ojalá sin hacer escándalo, no como hizo Brillith.

Aquí seguimos nosotros, indiferentes, Brillith no nos importaba, y nos no va importar ahora, ya se murió, pero ese decorado de la realidad que invita al suicidio aún está presente, no con ese dramatismo de escuela secundaria, con esa pantomima de vida y muerte que fue Brillith, pero ese mismo escenario que la mató a ella  da algunos tímidos brochazos para montar un aparataje escenográfico similar, telones desteñidos decorados con miseria, vidas que no merecen ser vividas. Ojalá a mi me sobre vida para vivirla así sea una representación mediocre de lo que quiero ser, no me quiero morir a los 14.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Razones Para Respirar



Cristian

Lo veía en clase un par de días a la semana, nunca, desde que empezó el primer bimestre Cristian fue al colegio todos los días, pasaba como cualquier estudiante mediocre, desapercibido. A sus 13 años ya tenía la talla de un basquetbolista negro de los guetos de New York, pestañas largas, ojos verdes, pequeños y redondos como los de un koala y un carácter apacible y pausado. Impresionado por sus ausencias y por una costumbre absurda de abandonar los lugares que me son hostiles decidí seguirlo en una de sus andadas.

El Museo

La primera vez que lo seguí, rápidamente lo notó, emprendió la huida con unas zancadas irrepetibles para mí, a la distancia lo veía voltear a mirar en busca de mi silueta inquisidora que lo único que deseaba era seguirlo, saber que hacía. Para la siguiente ocasión ya nos habíamos visto previamente en el colegio, en ese momento no corrió, como por inercia y una complicidad motivada por la adolescencia compartida espero a que lo alcanzara.

Caminamos por la cuadra del Cafam, llegamos hasta el velódromo, presurosos por aparentar más madurez y menos estupidez nos cambiamos de saco, me quité el de “Salesiano” y me embutí en uno verde a rayas, como de empleado de oficina, tenis  azules y el jean roído del atuendo escolar.

Imaginé que de ahí pasaríamos buena parte del día haciendo lo que hacen los vagos, ir de allá a aquí, de aquí a allá sin estimulación natural. Embebido en sus pensamientos, Cristian me dijo que había algo que hacer, que solo necesitábamos 250 pesos y el carné del colegio. Sin más preguntas lo seguí, caminamos desde la 22 sur hasta la 13 en el centro, donde queda El Tiempo, el Banco de la República y el destino de ese día, el Museo del Oro.

La Visita Guiada

Sin preámbulos nos dirigimos a la taquilla, descuento con carné por ser “estudiantes” y una antropóloga hermosa que parada en las escaleras cubiertas por un tapete rojo como estrella del cine independiente nos conminó luego de ver nuestro tiquete a seguirla en una visita guiada por ella. Qué más da, éramos dos vagos con todo el tiempo de unas clases fallidas para aprender de chamanes, de culturas indígenas lejanas de las que nunca vimos más que un mapa en el colegio y una historia contada por los cronistas de la España conquistadora. La seguimos por las salas, detallábamos cada uno de sus comentarios con la dedicación exclusiva de ver sus labios rojos moverse en unas articulaciones de intelectualidad que imponían su conocimiento a nuestras mentes fenecidas ante desaciertos y esa arrogante pero fascinante belleza que seduce con erudición.

Más de tres horas de visita, la imagen de una mujer hermosa e intelectual, la primer mujer de la que me enamoré, y un amigo con el que repetimos con inconstancia las ambiguas salidas por los siguientes 34 días de escuela, que no eran escuela, eran calles disfrazadas de salón.

El Empellón

A Cristian lo descubrieron un par de días luego de nuestra visita al Planetario, a partir de ahí, curtido en el manejo de la ciudad, en la actitud inocente de explorador de los espacios heterogéneos de la capital, continué solo. Bibliotecas, parques, alamedas, museos. Mientras Cristian volvía a la rutina pesarosa del uniforme, de la misa, de la oración, la retahíla obligada a dios para todas las mañanas y las clases aburridas, fastidiosas, rutilantes, yo hacía de las mías, exposiciones fotográficas, conciertos gratuitos, horas y horas frente a un televisor en una tienda de videojuegos, un estilo permisivo y fascinador que me permitía la ausencia de la cárcel educativa y el encuentro con mis seducciones.

El Año Fallido, el Año Vivido

No podía ser de otro forma, dos meses calendario sin asistir a las clases en el colegio con apenas 12 años de edad no podrían tener otra consecuencia que la de “perder el año”, tres logros no alcanzados, uno a uno de materias diferentes, religión, inglés y tecnología, una insuficiencia lamentable, toda vez que nunca me fue mal en ninguna, solo que nunca fui al colegio y eso debió cambiar las cosas, por lo menos suavizarlas.  

No volví a saber de Cristian, era paisa, se fue para Medellín, se convirtió en un espectro, de esos recuerdos que vienen a la memoria de vez en cuando. Una fracción del mundo que conocí se la debo a él, otra fracción a la antropóloga, el tipo de mujer de la cual siempre me enamoraré. 

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿qué tan malo es morirse?


I





I
Emigdio corría rápidamente, tal como lo haría años atrás en las competencias de atletismo que se disputaban en la escuela a la que asistía, esta vez no corría por la gloria, tampoco lo hacía por derrotar a Miguel, su compañero de clases y quien hasta ese momento se había convertido en el inseparable amigo con el que había de vivir, imaginar y soñar a lo largo de su existencia, ahora Emigdio corría para salvar su vida, esa que a los 27 años él no llamaba vida, simplemente supervivencia.

Trabajaba desde hace cuatro años en el taller de metalmecánica de su tío, un hombre viejo, cuyo mayor anhelo era retirarse del oficio, pues tantos años de manipular esas maquinas traídas de Alemania, roídas por el tiempo y desgastadas por ineficientes manipulaciones habían dejado ya enfermedades propias de la relación hombre-máquina en su cuerpo y en su mente;  tres dedos menos en su mano derecha, que fueron cercenados por la cizalla una tarde de abril de 1978 cuando luego de beber guarapo pensó en recortar aquella teja, que por su extensión, dirigía el agua de la lluvia con tal velocidad y en chorros tan acaudalados hacia el piso que anulaba la capacidad de dormir de toda la familia en la casa que habitaban en Soacha. Caminaba con asimetría debido a una lesión en su rodilla por la caída de una pieza de metal que le impactó la pierna derecha, enlenteció su andar y fracturó su mente, la partió en dos. Ya no se sentía como en el año 76, ahora era un hombre quebradizo, triste, cargaba con el peso de la edad para un trabajo que requiere dioses de un Olimpo de barrio y la inteligencia de un niño que explora con las manos el mundo subjetivo y anormal, apropiándose del mismo con la sabiduría que dona la experiencia del contacto con la materia, además, su capacidad visual disminuida, su audición hecha fragmentos por tantos años de dedicación al moldeo de piezas de metal que se figuraban con maquinas tan ruidosas que el taller parecía una sala de fantasmas, en la cual cada quien, ensimismado en su labor no oía ni frecuentaba palabra alguna con otro trabajador, hacían de él un viejo gruñón y en apariencia maleducado por no escuchar las palabras de sus “empleados”.
    
Emigdio y su tío trabajaban en el mismo oficio, corte con cizalla y mortajadora, como si el nombre de aquella máquina fuera una jugada audaz del tiempo para indicarles que se desvanecían, que sus manos se agotaban, que sus fuerzas decaían y que su mente, alienada por la monotonía de las labores les estaba desuniendo las neuronas. Miguel laboraba en el taller, su oficio era taladrar, abrir agujeros con un viejo taladro de columna al que debía darle algunos golpecitos para que arrancara a perforar y al que había que dejar apagado un tiempo luego de algunas horas de trabajo, para que no se fundiera el motor.    

Los tres sostenían el negocio junto con ayudantes esporádicos, la cantidad de trabajo que se hacía era tan baja que el dinero recaudado apenas alcanzaba para pagar los materiales y llevar los alimentos a la vivienda que compartían los tres junto con Martha, la mamá de Emigdio y Ernesto, el hombre que le arrebató el corazón a Martha en una noche lluviosa de un 25 de mayo.

Emigdio era un hombre silencioso, no tenía una hibris desenfrenada, característica propia de los jóvenes de su edad, era, por el contrario, un hombre que había aprendido a callar cuando fuera necesario y a aceptar por cierto todo aquello que a la luz de sus ojos, cargados de sentido común, fuera dado por cierto por alguien investido de alguna autoridad para decírselo. Miguel, en cambio, 2 años menor que él, aún conservaba esa inmoralidad ignorante y arrogante propia de la edad seguida a la adolescencia, refunfuñaba de su trabajo, laboraba con lentitud y siempre tenía una sonrisa en el rostro para las mujeres bonitas. Era un hombre enamorado de todas y de ninguna, lo que ganaba en el taller del tío de Emigdio lo gastaba en invitar a las mujeres del lugar a comer en la panadería del barrio, siempre pedía un café cargado y un pan hojaldrado que se deshacía en su boca y proyectaba migajas en todas direcciones cada vez que reía a carcajadas.

II
Contaba Remedios, que durante el fin de semana, hombres ataviados en trajes costosos que se movilizan en camionetas blancas de platón con placas oficiales, ofrecían empleo a jóvenes del barrio, la remuneración económica era alta y el trabajo consistía en ayudar a la construcción de una nueva planta de cacao en Santander.

Los hombres llegaban en la mañana, recién despuntaban los primeros rayos del sol, Oscar era uno de ellos, teniente, militar de profesión, vida que decidió continuar luego de salir del colegio distrital en el que estudiaba, agobiado por la falta de empleo, ensimismado en lograr una vida digna para Josefina, su mamá, quien trabajó como empleada domestica hasta que las fuerzas le permitieron servir a otros para criar a sus hijos, que eran siete. Oscar era un curtido hombre de la guerra, había estado en tantas batallas y asesinado a tantos hombres que el rostro de la muerte no le era familiar, él era la muerte misma, un enviado de la oscuridad adornado con escudos y dos estrellas en la solapa de su chaquetón, prueba irrefutable del lugar que ocupaba en la milicia, el lugar de quien ordena matar.

El costo de la muerte, pensaba Oscar, siempre sería menor al de encontrarse vivo, pues morir, para el que muere, no es malo, solo si se piensa que la vida tampoco es buena, vivir no significa nada para un hombre al que todos los días le dicen que debe morir por su patria, morir sería mejor, incluso, sin la idea de la inmanencia, la eternidad y la patria. Oscar pensaba eso para sí y para el resto, cada quien puede decidir cuándo morir, es una regla básica de la vida, paradójicamente.

III
Emigdio y Miguel, por esas triquiñuelas del destino, habrían de aceptar la propuesta laboral. Abordados por el manto del misterio en la cantina de Remedios, al son de una canción de rock, que ellos venidos a menos en dinero no entendían, por estar escrita en inglés y por ser reproducida en una vieja rockola, a la que con 500 pesos un seguidor de cualquier género podría lanzarse al escrutinio de agradar a viejos hombres de grueso aspecto y cuello azul o al linchamiento silencioso, ese que con la mirada expresa el benevolente odio, que de vez en vez, los hombres sienten por la deslegitimación de los espacios y la pérdida del conocimiento, del dogmatismo de fe profesado por la música de la que hablamos y conocemos como en un coctel de aristócratas que hablan del arte impuesta como la única y verdadera.

El 25 de junio, Emigdio y Miguel, cargando cada uno en sus morrales dos jeans desteñidos, un par de camisetas y algo de ropa interior para la travesía, partieron de su barrio. Martha, Ernesto y el tío, remendado en sus carnes del brazo debido a una lesión infligida por la proyección de una partícula que se le insertó en la parte superior de la muñeca y que requirió de algunos puntos, despedían a los muchachos en una suerte de comunión en la que las expectativas se fundían, como el magma, con el miedo a lo desconocido, pero que se enfrenta mejor si se hace en compañía.

Algunos dicen que el viaje fue larguísimo, que hubo subidas, bajadas, varadas, abismos, cascadas, puentes maltrechos, hambre, hambre a la que se le jugó con un fiambre que preparó Martha para que su hijo y Miguel, no padecieran del dolor incesante que trae consigo la pobreza en el vientre de los hombres y en el alma de los seres humanos, no se sabe que es más doloroso, dicen que el vientre se mueve a retorcijones, pero que el alma, o el espíritu, soportan tanto maltrato que cuando se hace evidente el daño, ya es muy tarde, se han aniquilado ya los deseos y han muerto los sueños, no se es hombre, sino esclavo o nada.

IV
El Playón era el destino, llegaron allí la mañana del 27 de junio, habían sido citados por el capataz de la obra en una tiendita del municipio, el techo del lugar estaba “decorado” con costales de fique que lo hacían un lugar rustico, sillas de plástico blancas y rojas apilonadas en torres muy altas, un baño que no servía sino para las necesidades masculinas y taleguitos transparentes con agua que pendían del techo y que según se dice, son espejos deformadores para las moscas que se alejan de su propio reflejo.

No llegó capataz alguno. Ni siquiera en horas de la mañana, en una tienda de pueblo, en la que siempre hay ancianos bebiendo, había transito de cuerpo alguno, pasaba el tiempo como única compañía, y un jugo de guayaba que bebían de a sorbos de un tarro de gaseosa que no tenía ya etiqueta y permitía ver el contenido del envase.

La temperatura se elevaba, el jugo ya era escaso y no había noticias de la construcción de una planta de cacao en el municipio. Emigdio y Miguel, albergaban la esperanza de un retraso por parte de quien los citó allí. Cuatro de la tarde, el incesante calor mermaba, como las esperanzas de Emigdio, el pesimista de los dos. Miguel, por su parte, hablaba con la hija del tendero, una joven baja, de tez blanca, senos pequeños y sonrisa alucinante, vestía un jean recortado sobre el muslo que le quedaba tan ajustado que su culo lucia aprisionado entre el índigo maltrecho degradado en un color azul como el cielo, blusa blanca de algodón que permitía vislumbrar una “ye” formada en sus pechos dado el escote tan pronunciado y un sostén blanco que de nada serviría pues sus pechos eran tan pequeños y tan firmes que no padecían el efecto gravitacional propiciado por el centro la tierra.

Dos hombres llegaron a la tiendita, jóvenes, altos, con cortes en sus brazos, vestían ropa casual, jean, tenis y camisetas vaporosas; sus rasgos fuertes, cuerpos cultivados y voz de mando lograron silenciar el lugar con tan solo pronunciar las buenas tardes. La hija del tendero se marchó para la parte posterior de la vieja casa, Miguel volvió a la mesa donde se encontraba Emigdio, los hombres se sentaron a su lado mientras bebían cerveza y observaban, con la mirada fija, a los jóvenes foráneos. No tardo el tiempo en hacerlos mediar palabra, sentados sobre las sillas de plástico rojas, uno de los hombres lanzó la primera ráfaga de interrogaciones, Emigdio guardó silencio. Miguel contestaba de manera religiosa a cada una de las preguntas que realizaban los hombres ¿de dónde vienen? ¿Quiénes son? ¿Para donde van? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

V

Emigdio y Miguel aceptaron la invitación de aquellos hombres, fueron a beber a una finca de la vereda Huchaderos, en un paraje solitario alejado del bullicio y donde el bullicio estaba alejado de la gente, lugares recónditos en los que puede aparecerse dios a los hombres o la muerte a los cobardes, lugares en los que solo habita el miedo y la oscuridad. Bebieron hasta la saciedad. Miguel no recordaba ya ni su nombre, balbuceaba extraños gorjeos cual niño que aprende a contestar sin semántica a la vida, Emigdio, mesurado en el beber, recostado en los costales de harina intentaba descansar de la jornada infructuosa que solo había traído, cervezas gratis y un lugar mal oliente donde dormir.

Ebrios, Miguel y Emigdio, recostados en los sacos de harina convertidos en improvisadas camas, yacían entre el vómito y la palabrería propia del borracho que expresa sus amores y pesares sin mácula, desprovisto de fascinaciones y mentiras. La puerta del lugar, de madera espesa y poco trabajada, tenía una fisura que permitía la entrada de un rayito de luz de luna que iluminaba el centro de la habitación de arriba abajo. Sacos de harina apilonados en un caos que prevenía la ocasión, herramientas agrícolas manuales colgaban de las paredes, una, pica, tres palas de distinto tamaño, un hacha sin filo y una hoz.

Dos hombres ingresan de asalto a la habitación, Miguel y Emigdio, despiertan en medio de gritos portentosos y agrestes, Miguel es tomado de las piernas, arrastrado por el piso de la habitación, golpeado con el hacha sin filo en los muslos, sometido por los maleantes y silenciado por un impacto seco en la cabeza que hizo que perdiera la conciencia pero no aún la vida. Fue sacado al campo, cerca de un pequeño pozo de aguas turbias, le fueron propinados tres disparos, dos disparos impactaron en su vientre, le rompieron las entrañas, sangre brotaba por su boca al ritmo de los latidos cada vez menos incesantes de su corazón, aún con vida un disparo más,  uno en la cabeza que atravesó su ojo derecho y salió proyectado dejando un agujero en su cerebro, tan grande como los que el taladraba, fue un impacto mortal, que le cerceno el lóbulo frontal quitándole la vida, esa no que era buena, pero que no era tan mala como para no poder decidir autónomamente cuando arrebatársela.

Emigdio, en una carrera frenetica por no perecer, corría como lo haría en sus mejores años como atleta en el colegio, acres y acres de terreno recorridos en tan poco tiempo que pudo, sin proponerselo, romper records de distancia sobre tiempo, todo por salvar su vida, y relatar la muerte.

Miguel murió, el asalto preparado había dejado una victima mortal, disparos a quemarropa en la cabeza y el vientre y un día de descanso para una cuadrilla de militares que presentaría el cuerpo como el de un subversivo, un enfermo destructor, que no iba en busca de trabajo sino que pertenecia a una escuadra de una guerrilla de una compañía de una columna del bloque magdalena medio de las FARC.

Para Emigdio, era mejor no morirse. 






jueves, 19 de julio de 2012

Del Poder, el trabajo, el placer y el amor


Todo en el mundo son relaciones de poder, que son validas en el encuentro de sujetos autónomos no subordinados a esquemas ni sistemas, pero las relaciones de poder, sean estas frente al trabajo, a la academia o en el plano mismo del amor se subordinan a representaciones asimétricas y perpetuadas de la realidad. No es lo mismo con base en ello, tener el poder que ejercerlo, son marcadores de desigualdades entre quienes tienen, ejercen y quienes son los sujetos sobre los que recae la acción, porque el poder es acción humana en su más miserable connotación.  

El poder, entendido como la realización de los deseos aunque se presenten resistencias reside principalmente en el ámbito del individuo, de degradar o minimizar el bienestar colectivo o de un grupo o pareja y pensar para sí, buscando el despliegue personal en busca de hacer y ejercer “la propia voluntad”. En la creación del vínculo sentimental, que en los animales llamaríamos de reproducción, la subordinación se presenta desde la etapa misma del cortejo en la que uno de los dos exhibe sus desgracias para agradar al otro. Para los humanos la situación es similar, de entrada existe un dominio vincular, un poder intersubjetivo supeditado al nivel del poder social logrado en términos del prestigio como una categoría de la regulación cultural impuesta como norma, norma cultural como la violencia, cultural como el dinero, cultural como la inteligencia o la falta de ella.

La mitificación del amor, del trabajo, de las personas, del deseo, del apego, esconde tras de sí relaciones de dominación, de dependencia; el deseo y el placer nos entregan al otro desprovistos de armas, plagados de necesidades y envueltos en una algarabía que pronto se derrumba si no se halla correspondencia a esa aspiración de dominación que queremos, que el otro cumpla su voluntad a fuerza de hacer concesiones dolorosas por compañía, por trabajo o por sexo.

Estas son situaciones legitimadas por parte de quien recibe los efectos del ejercicio del poder, de quien piensa que todo lo que se hace por amor, por trabajo o por agradar tiene que llevar consigo la impronta de unos consentimientos que no nos agradan, pero que a la larga se aceptan por vivir bajo la lógica de una realidad que aunque impuesta es aceptada en parte, porque como a los niños, nos permite el goce próximo de una caricia, una palabra de aliento o el simple y mísero reconocimiento.  

Entregarse a esa dominación es fácil, todo porque nos gusta sentirnos subordinados, porque como en el amor, en el trabajo o en el colegio nos gusta sentir la sensata vigilancia de quien creemos superior en términos de una moralidad que con los años se desvanece, pero tiene que pasar  mucho o tal vez poco tiempo para decantarse por una realidad paralela, en la que el gozo que produce la dominación resulta claro en términos de una fractura de nuestra conducta, o mejor, de nuestro deseo.  

Pero hay que creer que existen relaciones no subordinadas, relaciones no alienadas, ni alienantes, personas a quienes queremos, trabajos que deseamos y sueños que compartimos, que no están bajo la tutela del poder ni la dominación, relaciones de las que no subyace el mínimo deseo de propiciar nuestra voluntad a la fuerza. Que nos hacen tristes, sí, pero que están alejadas de la vigilancia, que no pertenecen al panóptico natural que es una sociedad mediada por las reglas del más fuerte, ni por el deseo de castigo que llevamos desde adentro, el de la culpa, el del pecado. Hay trabajos, ,situaciones o personas a las que queremos sin remedio, sin dilaciones, sin medidas posibles, sin jaulas, sin jerarquías y aunque nos duela, simplemente las queremos. 

jueves, 28 de junio de 2012

¿ Cómo no ser uno mismo?


¿Cómo no ser uno mismo?

Desde que tengo memoria recuerdo haber sido siempre, en cualquier caso y ante cualquier circunstancia un pesimista. Es que la vida siempre me daba y me da motivos, cualquier día que abro el periódico me encuentro con una noticia que me quita las ganas de vivir en Colombia, a veces hasta se me quitan las ganas de vivir, pero creo yo, en este país ya todos estamos muertos, de ese tamaño es mi pesimismo, no veo el vaso medio vacío, sino que pienso que el vaso está roto o es desechable o en el peor de los casos que el vaso no existe.

El pesimismo no es tristeza pura, pero viene a cuento toda vez que en Colombia la gente es feliz, y uno cosa si es cierta, el pesimismo no es felicidad. La alegría a borbotones empalaga, obnubila y rompe la sensata equipolencia que debiera existir entre los hechos, las apreciaciones y la imaginación, la alegría se presenta como una tergiversación de las señas y de lo sueños, como la creencia en lo inalcanzable pero el conformismo por lo ya logrado, como si saber, creer u opinar fueran lo mismo, pues la gente que opina, cree que opina ajustada a la verdad.

Nací en Colombia, pero eso no quiere decir nada, como tampoco sirve de nada. Alguna vez, mientras leía la decisión de Fernando Vallejo de renunciar a la nacionalidad colombiana fui feliz, creo que se debió más a una idealización, una vedettizaciòn de Vallejo que me hacia yo a realmente una posición sensata sobre el hecho; él decidió ser mexicano, total lo importante es que no fuera colombiano. Tiempo después, luego de recibir un premio, que como hombre sensato decidió donar a fundaciones que cuidan animales y no a los humanos manifestó que su tierra, donde había nacido, era Colombia y que México sería el lugar donde moriría, recuperó su nacionalidad, la había dejado cuando para las elecciones del 2006 los colombianos habían reelegido a Àlvaro Uribe como su presidente.

Como Vallejo, el punto es que yo no soy feliz en Colombia, (en otro lugar, tal vez, da igual, no lo sería) no soy triste tampoco, soy pesimista, que es a su vez como un premio a la memoria, como la melancolía es el premio de los que injustamente salieron derrotados. Los pesimistas eliminamos las lagrimas y las quejas, las dejamos para los tristes, lo nuestro es la rabia plagada de impotencia, de inacción, es traer al ya, al ahora, todos los escenarios apocalípticos y escatológicos que alguien pueda imaginar, con la absoluta certeza que nada va a cambiar, que lo que estuvo ya esta hecho, y lo que no está hecho ya está diseñado, preparado para hacerse mal.

¿Cómo no ser pesimista? ¿Cómo no ser triste? ¿Cómo no ser uno mismo? Soy yo cuando soy parsimonioso, apegado a un lenguaje que busco sea tan preciso para el momento que cuando se ha pasado el tiempo de decir lo que ya he pensado es mejor quedar callado que verbalizar a destiempo, aplicando la autocensura, no soy yo, como cuando escribo, pues suelo estar triste, así logro no ser yo mismo, aunque eso no sea estrictamente posible.  

martes, 10 de abril de 2012

Ahí Tiene su Hijueputa Casa Pintada

Fotografía: JOAQUÍN SARMIENTO/AFP Domingo 28 de noviembre de 2010. Cartagena, Colombia.

Esta semana inició la “Cumbre de las Américas”, un evento al que asisten los presidentes del continente americano, de las tres Américas, la rica, la pobre y la miserable. Asisten, además, funcionarios de los estados miembros, y los empresarios más adinerados de la región. En Cartagena, y para la mayoría de colombianos, el evento es una muestra de la “influencia” del estado en la región.

Ahora, el Alcalde de Cartagena, un señor de nombre Campo Elías, uno de esos colombianos preocupados por el país, pronunció la siguiente frase: “Les pido toda la comprensión posible. Esta cumbre no se hace todos los días, se hace una vez casi que en la vida, invito a todos los cartageneros a colaborar, tenemos que apoyar la Cumbre, la imagen del país y de la ciudad”.

La anterior es la petición de un hombre preocupado por el estilo, por las formas y por la figura, por la estructura visible, superficial. A tono con esta petición el alcalde también ha puesto de su parte, busco en alcantarillas, puentes y calles a los indigentes de Cartagena, en sus palabras los está “cuidando”, están en un albergue, los bañaron, los alimentaron y los dejaran dormir allí mientras transcurre la cumbre, dijo, también, que revisarán quienes son de Cartagena y quienes no, tal vez a estos últimos los manden a recoger a café.

Con los perros hicieron lo mismo, los recogieron, no sé si los bañaron, si les están dando de comer, o si los van a matar, a ellos no es necesario enviarlos a recoger café, si en este país la vida de una persona no vale, la de un perro no tiene porque importarnos más. En el caso de las putas “las restringieron”, es decir, pueden seguir satisfaciendo las necesidades de los hombres pero que no las vean en la calle, como tampoco se ven los deseos de los hombres porque somos apariencia, nos acostamos con putas pero no queremos que lo sepan.

A los vendedores ambulantes, y palenqueras también les fue mal, los primeros no pueden usar neveras de icopor en las playas, la razón aún no logro comprenderla, a las señoras de las frutas y las cocadas, negras todas, como el presidente de la América rica, no las van a dejar vender, si es por ser negras, entonces que no dejen entrar a Obama.

Así es el país, así somos, en principio me indigné, pensé, que hipocresía, que lamentable que no muestren el sufrimiento humano en una cumbre cuyos temas principales serán la pobreza y el manejo de la política de drogas. Pero la esencia humana, la condición humana, es mostrar lo mejor de nosotros, tanto en el aspecto colectivo como en el individual, yo por ejemplo tengo días malos, tristes, pero no me tomo fotos y las subo a facebook deprimido, tengo días en los que peleo con quien quiero, y válgame que no quiero a casi nadie, y no lo publico en ningún lado, no me siento jactancioso ni quiero que conozcan mis debilidades, me sentiría menos humano, paradójicamente.

Así, de esa forma, también actúa usted, feliz lector. Un día se levanta, va a una fiesta, usa la mejor ropa posible, se acomoda el cabello de manera que se vea hermoso, esconde imperfecciones, usa fajas, se maquilla, alardea de su vida. Terminada la fiesta, llega a su casa, y como los payasos de circo comunitario, entra a su camerino, con cara de tristeza, se quita la máscara, piensa en el día, se masturba y se acuesta a dormir.

En las redes sociales, expone una vida feliz, una vida de infinitas alegrías, postea comentarios sobre lo feliz que es con su pareja, lo feliz que es con sus hijos y con sus cosas materiales, hace alarde de fiestas, encuentros, y cuando es preciso alardea de su ubicación para que los demás se enteren no de su paradero, sino de su poder y su éxito. A cambio, oculta la tristeza, la amargura, no escribe que peleo con su pareja y que se quiere matar, no escribe que no tiene ropa, ni que a final de quincena no alcanzó para el corte de carne de 500grs sino para uno de 125grs o que simplemente la quincena no alcanzó.

De esa forma, viéndome en el espejo, entiendo al alcalde de Cartagena, y a los colombianos, y a los asistentes a la cumbre y a todo el mundo. Un borrador de las conclusiones de la cumbre ya está escrito, lo escribieron hace dos semanas en los EE.UU, los representantes de los países miembros aceptaron las conclusiones, para el domingo solo resta que firmen los soberanos de estas tierras, sin importar que fue lo que se dijo, porque ya está escrito. El lunes las putas vuelven a dar placer sin restricción, los indigentes los “botan” a la calle como “desechables” (la única frase que tiene sentido en este escrito) y los vendedores ambulantes, las negras palenqueras y los perros seguirán en el rebusque; y yo, yo voy a seguir escribiendo en este blog, para que ustedes crean que me preocupo por algo y digan que soy un resentido social porque si viviera en Cartagena a mí también me esconderían. 

jueves, 15 de marzo de 2012

Estética y colombianidad. Negacionismo de la feúra

Ser feo es una cosa usual, más bien, normal. Pensar en lo feo, en las personas feas, que es de lo que trata este escrito, es una cuestión fácil. No hay que recurrir a la idea suprasensible de la fealdad para entender o siquiera imaginar el concepto, porque esa idea de lo feo vive en el espejo. Basta con que usted, amigo lector, recurra con prontitud al baño más cercano, identifique el espejo, se pare frente a él, y entenderá el concepto, no necesitará comprender intrincados textos sobre la fenomenología de la feúra, ni mucho menos, engorrosos libros de estética antropológica.

Pero algo hemos estado haciendo mal. Los feos, en el afán de hipersensibilizar la idea de lo bello, que es de lo que no trata este escrito, hemos encontrado eco en ese mismo espejo, en ese mismo baño. Se observa con beneplácito, como imágenes que merecen premios de fotografía a la mejor edición, son expuestas a diario en las redes sociales, un sinfín de posturas y más que de posturas, de actitudes, se revelan en la fotografía que las niñas y algunos niños suben a facebook. Es leitmotiv, aquella en la que la modelo –si se me permite el empleo del término- posa de manera coqueta lanzando un beso, o aquella en la que un escote pronunciado no es necesario, pues la jovencita, con su cabeza a la altura del ombligo, tronco flexionado, muestra impávida, en actitud desafiante, lo que parecen ser las tetas, más no sus desgracias, no contenta con ello, la imagen, en una suerte de fetichismo y narcisismo de quien se plasma en ella, se toma en un baño, con un espejo de fondo. Nuca he entendido el concepto detrás de esta práctica, de hecho, no creo que lo tenga. 
  
Los feos debemos de ser victimas de algún tipo de violencia. Desde que fuimos “descubiertos” somos feos, porque una conquista (invasión), implica también, imponer el arquetipo de lo bello, hacerlo una idea suprasensible, inalcanzable. De ahí, que a veces imagine que los feos hemos sobrevivido a una violencia simbólica y a una violencia estructural desde la misma época de la colonia. Supongo que los indígenas también tenían, previo a la llegada de los bellos europeos,  un paradigma propio de belleza, tal vez, yo, en ese, tampoco hubiese sido admirado. Los feos hemos sobrevivido a la barbarie de la belleza usando tácticas camaleónicas, hemos ocultado nuestra fealdad, tras una máscara de inteligencia subvalorada, o sobre una forma particular de tratar con la gente, porque a los feos nos toca ser buenas personas.  

En fin, no odio a los feos, ni siento animadversión por los bonitos, Sócrates era horrible y lo mataron, no por feo, sino por inteligente. Los antropólogos de finales del siglo XIX, por ejemplo, medían los huesos, las carnes y lo que pudieran de nosotros, detallaban paso a paso lo que nuestros ancestros latinoamericanos hacían, incluso cuando cagaban, para demostrar que éramos feos (primitivos, nos llamaban), pensaban que nos encontrábamos en un estadio previo de la evolución. Total, aquí ellos se “comparaban” con nosotros desde la otredad, desde la existencia del otro, desde el reflejo, desde el “espejo”.

En conclusión, ser feo es una cuestión que ni el mismo Marx, deslucido también a ultranza, comprendió. Le falto un análisis más profundo o siquiera algo superficial al tema de la estética, hoy por hoy hablaríamos de una lucha de clases, una lucha más profunda, pero menos visible, porque no tenemos conciencia de clase, no tenemos, y facebook lo demuestra, conciencia de nuestra feúra.

jueves, 1 de marzo de 2012

El amor es rico

La gente se casa por necesidad o por gusto. En Colombia, creo, son mas numerosos los matrimonios por necesidad, esos en los que la propuesta no se hace con un anillo, en un fino restaurante, al olor de unas copas, sino en los que el “ofrecimiento” va implícito en la frase, estoy embarazada. Y la gente se casa, como si traer al mundo otro ser humano fuera excusa para juntar dos vidas que no querían estarlo.

En este país 1 de cada 5 niñas adolescentes esta embarazada o es madre, genera tal preocupación la estadística, que el Fondo de Población de las Naciones Unidas, UNFPA, ha enviado alertas en varias ocasiones a los ministerios del país para que reduzcan la cifra, el gobierno, en plan de mostrar cifras a dicho que para 2014 no serán el 20% de las niñas las que estén embarazadas o sean madres sino solo el 15%. Diminuta tarea la que se impone el gobierno.

Total, el problema no es que nazcan niños, el problema es que no son deseados, los matrimonios por necesidad tampoco. No se como la gente puede ser feliz casándose, y peor aún, como pueden ser felices casándose jóvenes y teniendo hijos. Los padres de corta edad, luego de un tiempo dicen que sus hijos son la felicidad hecha carne, que la labor mas maravillosa del mundo es la de ser padre o madre, (supongo, es mas agradable la del padre en una sociedad como la colombiana) debe ser porque no hay de otra, tocó, y es mejor decir que si gusta.

Una docente de la universidad de los Andes, determinó, que las condiciones socioeconómicas actúan sobre el patrón etario de la fecundidad, a través de los factores determinantes próximos. En palabras más apropiadas para este blog, ella concluyó, que las niñas, dependiendo de factores como la educación, la vivienda, el empleo, entre otras, podían follar antes o después de cierta edad, o quedar embarazadas en determinada etapa de “crecimiento”.

El estudio, concluyente por demás, dice que las niñas de estratos bajos se embarazan tres veces más que las de estrato alto, pero que estas últimas, más acaudaladas, sostienen relaciones sexuales casi en el mismo porcentaje que sus pares de escasos recursos. Tirar le gusta a todos.

Volviendo al tema inicial, el del matrimonio, el estudio dice que las niñas de estratos bajos, tiran mas temprano, se embarazan más temprano y se casan más temprano, porque hay una necesidad manifiesta de afecto y de hacer un proyecto de vida. Total, se casan por necesidad, no por darle un padre al bebe, sino por tener alguien en la casa que les diga que están vivas, que follan rico y que le limpien el culo al bebe porque ese es un maravilloso proyecto de vida. 

jueves, 16 de febrero de 2012

La gente, la vanidad y la mierda

La gente no es más que un saco de mierda, vanidades, miedos y desgracias que duermen las horas que pueden y desperdician el resto de los días haciendo estupideces, estupideces inútiles como la televisión, el internet, el gimnasio o salir de rumba a un sitio en el que cobran por entrar, o estupideces menos inútiles como el sexo, la lectura o seguir durmiendo sin molestar a nadie. 

Hablo de los miedos, de las vanidades, las desgracias y la mierda porque unos se eclipsan por otros, los miedos desaparecen con las vanidades y las desgracias son eclipsadas por la mierda, palabras más, palabras menos, vivimos entre la mierda pero tenemos que mostrar una cara bonita. La vanidad consiste en querer ser mejor que los demás no en el plano del sexo, la lectura o el dormir sino en el plano de las estupideces más inútiles, las de la televisión, el internet, el gimnasio o la rumba.

Por ejemplo, nada mas estúpido que un idiota con un Iphone que lo utiliza para llamar y tomar fotos simplemente, u otro cavernario que tiene un BlackBerry solo por que está de moda, tal vez, ambos están en sus casas plagados de miedo esperando la factura mensual de un servicio que utilizan por no quedar mal con el resto de la humanidad, por vestir de vanidad el temor al fracaso.

El televisor de la casa es igual, si no se tiene pantalla plana se fracasó en la clase media, si es pantalla plana pero de menos de 40 pulgadas y no se conecta a internet se fracasó en la clase alta, no tener televisor es ser un ruin miserable lleno de desgracias convertido en la mierda misma. Da igual, por ejemplo, si el televisor es de 56 pulgadas pero se tiene conectado a una antena aérea, eso es pobreza, es fracaso. Si tiene televisión por cable se triunfó en la clase media, pero si en su casa hay una conexión satelital con cientos de canales de los cuales verá 3 o 4 es usted exitoso, porque el éxito se mide también por el número de canales que puede ver en su casa.

Lo mismo ocurre con el gimnasio, la ropa que usa, el carro que tiene o el sitio de rumba que visita, no es menos vanidoso el que va a cuadra picha que aquel que va a La Calera o el que asiste a la discoteca de barrio a la que van los ñeros a bailar reggaetón con las viejas de la cuadra. Supongo que el de cuadra picha no tendrá para más y va allá porque el trago es barato, los moteles están cerca y le alcanza para impresionar a la mujer que quiere llevar a la cama. El segundo, supongo, va a La Calera porque la chequera le alcanza para más, pero el fin es el mismo, una rumbiada un pase de coca y a la cama, por último, el ñero ansioso por llevar a término la culeada con la ñerita la lleva a la taberna del barrio, mete marihuana o bazuco y termina en la pieza que arrendó en una casa de la comuna tirando con la vieja, que borracha gime igual que cualquiera que haya ido incluso a Ibiza. Lo importante es la vanidad, tapar la mierda y el fracaso y culear.

En el tema de culear está la vanidad y el miedo al fracaso en un mismo plano. Las putas; fracasar con las mujeres se remedia con plata, yendo a donde las putas, ellas también tienen vanidades y estratos, se emplean eufemismos para diferenciarlas, como decirle prepago a una puta que se acuesta con el deseo de conseguir plata para comprar un Iphone, un televisor de 56 pulgadas e ir a La Calera a rumbear, ellas van a tu casa, se ofrecen como compañía y cobran antes de los hechos, esto es lo novedoso del negocio. Luego están las que trabajan en puteaderos, hacen shows y se acuestan con un “cliente” –o varios- en habitaciones aseadas pero en las que antes del turno habrán tirado quien sabe cuantos. Finalmente están las putas de calle –las del chiste cliché de la 19- que pagan un cuarto que valdrá 5.000 por los 20 minutos, su tarifa es baja, imagino que después de la revolcada no se bañan, se visten, salen otra vez a la calle, y se paran en una esquina a esperar al fracasado vanidoso que quiera acostarse.

Todo esto está escrito para que usted, humilde lector, no sienta ni miedo ni envidia ni temor al fracaso, todo el mundo lo que quiere es tirar y dejar ver al otro como un fracasado, pero no se atormente, acostarse con una puta de 20.000, con una de 100.000 o con una de 800.000 no va a cambiar las cosas, la esencia del acto es la misma, la inseguridad y la vanidad. Igual que tener un Iphone, un blackberry o un 1100, o andar en bus, en transmilenio o en un deportivo de 200 millones.  

martes, 7 de febrero de 2012

Colombia tiene Talento

Colombia es un país como cualquiera, como la hambrienta Somalia, la atea Noruega o la hermética Corea del Norte.  Una nación de ciudadanos, de miserables, de ricos, de indigentes, una nación como cualquiera. Un estado de políticos, políticos honestos como los rusos, inteligentes como los neozelandeses o explosivos como los islámicos o políticos como cualquiera. Colombia es un país cualquiera, en un lugar cualquiera, con gente extraordinaria.

En Colombia hay delincuentes hombres, delincuentes mujeres, delincuentes ancianos, delincuentes jóvenes, delincuentes ricos, delincuentes pobres, delincuentes contratistas, delincuentes contratantes, delincuentes taxistas, delincuentes pasajeros, delincuentes profesores delincuentes estudiantes, delincuentes sacerdotes y pastores, delincuentes feligreses, delincuentes cristianos, delincuentes ateos, delincuentes negros, delincuentes blancos, delincuentes zambos, delincuentes mestizos, delincuentes políticos, delincuentes electores, delincuentes intelectuales, delincuentes ignorantes, delincuentes empresarios, delincuentes trabajadores, delincuentes escritores, delincuentes lectores, delincuentes funcionarios públicos, delincuentes del público, delincuentes costeños, delincuentes rolos, delincuentes paisas, delincuentes llaneros, delincuentes vallunos, delincuentes empleados, delincuentes desempleados, delincuentes heterosexuales, delincuentes homosexuales, delincuentes actores, delincuentes televidentes, delincuentes débiles, delincuentes fuertes, delincuentes gordos, delincuentes flacos, delincuentes agiles, delincuentes torpes, delincuentes generosos, delincuentes tacaños, delincuentes presos, delincuentes libres, delincuentes hermosos, delincuentes feos, delincuentes policías, delincuentes ciudadanos, delincuentes militares, delincuentes civiles, delincuentes gerentes, delincuentes obreros, delincuentes cochinos, delincuentes aseados, delincuentes dementes, delincuentes cuerdos, delincuentes enfermos, delincuentes sanos, delincuentes con doctorado, delincuentes analfabetas, delincuentes cantantes, delincuentes oyentes, delincuentes reinas, delincuentes vagabundas, delincuentes médicos, delincuentes pacientes, delincuentes casados, delincuentes solteros, delincuentes niños, delincuentes adultos, delincuentes de cuello blanco, delincuentes de cuello azul, delincuentes morales, delincuentes de la moral, delincuentes en carro, delincuentes de a pie, delincuentes de izquierda, delincuentes de derecha, delincuentes...

Mamá dejó de leer estas lineas, decia que se repetia mucho la palabra delincuente, que era obsesivamente impuesta en el papel, que se había cansado de leer –tal vez igual que ustedes- porque no veía otra palabra que delincuente, una lista, una plana. Tal vez en este país no sobre la palabra, sobran los delincuentes, los robos, atracos, desfalcos, modelos, actores, putas, prepagos, contratistas, políticos, que sé yo, ladrones, delincuentes. Tal vez en este país, en esta nación, en este estado, talento colombiano es oxímoron y delincuente colombiano tristemente como en los mejores escritos poeticos, una redundancia, un pleonasmo.