I
Emigdio corría rápidamente, tal como lo haría años atrás en las
competencias de atletismo que se disputaban en la escuela a la que asistía,
esta vez no corría por la gloria, tampoco lo hacía por derrotar a Miguel, su
compañero de clases y quien hasta ese momento se había convertido en el
inseparable amigo con el que había de vivir, imaginar y soñar a lo largo de su
existencia, ahora Emigdio corría para salvar su vida, esa que a los 27 años él
no llamaba vida, simplemente supervivencia.
Trabajaba desde hace cuatro años en el taller de metalmecánica de su tío,
un hombre viejo, cuyo mayor anhelo era retirarse del oficio, pues tantos años
de manipular esas maquinas traídas de Alemania, roídas por el tiempo y
desgastadas por ineficientes manipulaciones habían dejado ya enfermedades
propias de la relación hombre-máquina en su cuerpo y en su mente; tres dedos menos en su mano derecha, que
fueron cercenados por la cizalla una tarde de abril de 1978 cuando luego de
beber guarapo pensó en recortar aquella teja, que por su extensión, dirigía el
agua de la lluvia con tal velocidad y en chorros tan acaudalados hacia el piso que
anulaba la capacidad de dormir de toda la familia en la casa que habitaban en
Soacha. Caminaba con asimetría debido a una lesión en su rodilla por la caída
de una pieza de metal que le impactó la pierna derecha, enlenteció su andar y
fracturó su mente, la partió en dos. Ya no se sentía como en el año 76, ahora
era un hombre quebradizo, triste, cargaba con el peso de la edad para un
trabajo que requiere dioses de un Olimpo de barrio y la inteligencia de un niño
que explora con las manos el mundo subjetivo y anormal, apropiándose del mismo
con la sabiduría que dona la experiencia del contacto con la materia, además,
su capacidad visual disminuida, su audición hecha fragmentos por tantos años de
dedicación al moldeo de piezas de metal que se figuraban con maquinas tan
ruidosas que el taller parecía una sala de fantasmas, en la cual cada quien,
ensimismado en su labor no oía ni frecuentaba palabra alguna con otro
trabajador, hacían de él un viejo gruñón y en apariencia maleducado por no
escuchar las palabras de sus “empleados”.
Emigdio y su tío trabajaban en el mismo oficio, corte con cizalla y
mortajadora, como si el nombre de aquella máquina fuera una jugada audaz del
tiempo para indicarles que se desvanecían, que sus manos se agotaban, que sus
fuerzas decaían y que su mente, alienada por la monotonía de las labores les
estaba desuniendo las neuronas. Miguel laboraba en el taller, su oficio era
taladrar, abrir agujeros con un viejo taladro de columna al que debía darle
algunos golpecitos para que arrancara a perforar y al que había que dejar
apagado un tiempo luego de algunas horas de trabajo, para que no se fundiera el
motor.
Los tres sostenían el negocio junto con ayudantes esporádicos, la cantidad
de trabajo que se hacía era tan baja que el dinero recaudado apenas alcanzaba
para pagar los materiales y llevar los alimentos a la vivienda que compartían
los tres junto con Martha, la mamá de Emigdio y Ernesto, el hombre que le
arrebató el corazón a Martha en una noche lluviosa de un 25 de mayo.
Emigdio era un hombre silencioso, no tenía una hibris desenfrenada,
característica propia de los jóvenes de su edad, era, por el contrario, un
hombre que había aprendido a callar cuando fuera necesario y a aceptar por
cierto todo aquello que a la luz de sus ojos, cargados de sentido común, fuera
dado por cierto por alguien investido de alguna autoridad para decírselo.
Miguel, en cambio, 2 años menor que él, aún conservaba esa inmoralidad ignorante
y arrogante propia de la edad seguida a la adolescencia, refunfuñaba de su
trabajo, laboraba con lentitud y siempre tenía una sonrisa en el rostro para
las mujeres bonitas. Era un hombre enamorado de todas y de ninguna, lo que
ganaba en el taller del tío de Emigdio lo gastaba en invitar a las mujeres del lugar a comer en la panadería del barrio, siempre pedía un café cargado y
un pan hojaldrado que se deshacía en su boca y proyectaba migajas en todas
direcciones cada vez que reía a carcajadas.
II
Contaba Remedios, que durante el fin de semana, hombres ataviados en trajes
costosos que se movilizan en camionetas blancas de platón con placas oficiales,
ofrecían empleo a jóvenes del barrio, la remuneración económica era alta y el
trabajo consistía en ayudar a la construcción de una nueva planta de cacao en
Santander.
Los hombres llegaban en la mañana, recién despuntaban los primeros rayos
del sol, Oscar era uno de ellos, teniente, militar de profesión, vida que
decidió continuar luego de salir del colegio distrital en el que estudiaba, agobiado
por la falta de empleo, ensimismado en lograr una vida digna para Josefina, su
mamá, quien trabajó como empleada domestica hasta que las fuerzas le
permitieron servir a otros para criar a sus hijos, que eran siete. Oscar era un
curtido hombre de la guerra, había estado en tantas batallas y asesinado a
tantos hombres que el rostro de la muerte no le era familiar, él era la muerte
misma, un enviado de la oscuridad adornado con escudos y dos estrellas en la
solapa de su chaquetón, prueba irrefutable del lugar que ocupaba en la milicia,
el lugar de quien ordena matar.
El costo de la muerte, pensaba Oscar, siempre sería menor al de encontrarse
vivo, pues morir, para el que muere, no es malo, solo si se piensa que la vida
tampoco es buena, vivir no significa nada para un hombre al que todos los días
le dicen que debe morir por su patria, morir sería mejor, incluso, sin la idea
de la inmanencia, la eternidad y la patria. Oscar pensaba eso para sí y para el
resto, cada quien puede decidir cuándo morir, es una regla básica de la vida,
paradójicamente.
III
Emigdio y Miguel, por esas triquiñuelas del destino, habrían de aceptar la
propuesta laboral. Abordados por el manto del misterio en la cantina de
Remedios, al son de una canción de rock, que ellos venidos a menos en dinero no
entendían, por estar escrita en inglés y por ser reproducida en una vieja
rockola, a la que con 500 pesos un seguidor de cualquier género podría lanzarse
al escrutinio de agradar a viejos hombres de grueso aspecto y cuello azul o al
linchamiento silencioso, ese que con la mirada expresa el benevolente odio, que
de vez en vez, los hombres sienten por la deslegitimación de los espacios y la
pérdida del conocimiento, del dogmatismo de fe profesado por la música de la
que hablamos y conocemos como en un coctel de aristócratas que hablan del arte
impuesta como la única y verdadera.
El 25 de junio, Emigdio y Miguel, cargando cada uno en sus morrales dos
jeans desteñidos, un par de camisetas y algo de ropa interior para la travesía,
partieron de su barrio. Martha, Ernesto y el tío, remendado en sus carnes del
brazo debido a una lesión infligida por la proyección de una partícula que se
le insertó en la parte superior de la muñeca y que requirió de algunos puntos,
despedían a los muchachos en una suerte de comunión en la que las expectativas
se fundían, como el magma, con el miedo a lo desconocido, pero que se enfrenta
mejor si se hace en compañía.
Algunos dicen que el viaje fue larguísimo, que hubo subidas, bajadas,
varadas, abismos, cascadas, puentes maltrechos, hambre, hambre a la que se le jugó
con un fiambre que preparó Martha para que su hijo y Miguel, no padecieran del
dolor incesante que trae consigo la pobreza en el vientre de los hombres y en
el alma de los seres humanos, no se sabe que es más doloroso, dicen que el
vientre se mueve a retorcijones, pero que el alma, o el espíritu, soportan
tanto maltrato que cuando se hace evidente el daño, ya es muy tarde, se han
aniquilado ya los deseos y han muerto los sueños, no se es hombre, sino esclavo
o nada.
IV
El Playón era el destino, llegaron allí la mañana del 27 de junio, habían
sido citados por el capataz de la obra en una tiendita del municipio, el techo
del lugar estaba “decorado” con costales de fique que lo hacían un lugar
rustico, sillas de plástico blancas y rojas apilonadas en torres muy altas, un
baño que no servía sino para las necesidades masculinas y taleguitos
transparentes con agua que pendían del techo y que según se dice, son espejos
deformadores para las moscas que se alejan de su propio reflejo.
No llegó capataz alguno. Ni siquiera en horas de la mañana, en una tienda
de pueblo, en la que siempre hay ancianos bebiendo, había transito de cuerpo
alguno, pasaba el tiempo como única compañía, y un jugo de guayaba que bebían
de a sorbos de un tarro de gaseosa que no tenía ya etiqueta y permitía ver el
contenido del envase.
La temperatura se elevaba, el jugo ya era escaso y no había noticias de la
construcción de una planta de cacao en el municipio. Emigdio y Miguel,
albergaban la esperanza de un retraso por parte de quien los citó allí. Cuatro
de la tarde, el incesante calor mermaba, como las esperanzas de Emigdio, el
pesimista de los dos. Miguel, por su parte, hablaba con la hija del tendero,
una joven baja, de tez blanca, senos pequeños y sonrisa alucinante, vestía un
jean recortado sobre el muslo que le quedaba tan ajustado que su culo lucia
aprisionado entre el índigo maltrecho degradado en un color azul como el cielo,
blusa blanca de algodón que permitía vislumbrar una “ye” formada en sus pechos
dado el escote tan pronunciado y un sostén blanco que de nada serviría pues sus
pechos eran tan pequeños y tan firmes que no padecían el efecto gravitacional
propiciado por el centro la tierra.
Dos hombres llegaron a la tiendita, jóvenes, altos, con cortes en sus
brazos, vestían ropa casual, jean, tenis y camisetas vaporosas; sus rasgos
fuertes, cuerpos cultivados y voz de mando lograron silenciar el lugar con tan
solo pronunciar las buenas tardes. La hija del tendero se marchó para la parte
posterior de la vieja casa, Miguel volvió a la mesa donde se encontraba Emigdio,
los hombres se sentaron a su lado mientras bebían cerveza y observaban, con la
mirada fija, a los jóvenes foráneos. No tardo el tiempo en hacerlos mediar
palabra, sentados sobre las sillas de plástico rojas, uno de los hombres lanzó
la primera ráfaga de interrogaciones, Emigdio guardó silencio. Miguel
contestaba de manera religiosa a cada una de las preguntas que realizaban los
hombres ¿de dónde vienen? ¿Quiénes son? ¿Para donde van? ¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué?
V
Emigdio y Miguel aceptaron la invitación de aquellos hombres, fueron a
beber a una finca de la vereda Huchaderos, en un paraje solitario alejado del
bullicio y donde el bullicio estaba alejado de la gente, lugares recónditos en
los que puede aparecerse dios a los hombres o la muerte a los cobardes, lugares
en los que solo habita el miedo y la oscuridad. Bebieron hasta la saciedad.
Miguel no recordaba ya ni su nombre, balbuceaba extraños gorjeos cual niño que
aprende a contestar sin semántica a la vida, Emigdio, mesurado en el beber,
recostado en los costales de harina intentaba descansar de la jornada
infructuosa que solo había traído, cervezas gratis y un lugar mal oliente donde
dormir.
Ebrios, Miguel y Emigdio, recostados en los sacos de harina convertidos en
improvisadas camas, yacían entre el vómito y la palabrería propia del borracho
que expresa sus amores y pesares sin mácula, desprovisto de fascinaciones y
mentiras. La puerta del lugar, de madera espesa y poco trabajada, tenía una
fisura que permitía la entrada de un rayito de luz de luna que iluminaba el
centro de la habitación de arriba abajo. Sacos de harina apilonados en un caos
que prevenía la ocasión, herramientas agrícolas manuales colgaban de las
paredes, una, pica, tres palas de distinto tamaño, un hacha sin filo y una hoz.
Dos hombres ingresan de asalto a la habitación, Miguel y Emigdio,
despiertan en medio de gritos portentosos y agrestes, Miguel es tomado de las
piernas, arrastrado por el piso de la habitación, golpeado con el hacha sin
filo en los muslos, sometido por los maleantes y silenciado por un impacto seco
en la cabeza que hizo que perdiera la conciencia pero no aún la vida. Fue
sacado al campo, cerca de un pequeño pozo de aguas turbias, le fueron
propinados tres disparos, dos disparos impactaron en su vientre, le rompieron
las entrañas, sangre brotaba por su boca al ritmo de los latidos cada vez menos
incesantes de su corazón, aún con vida un disparo más, uno en la cabeza que atravesó su ojo derecho
y salió proyectado dejando un agujero en su cerebro, tan grande como los que el
taladraba, fue un impacto mortal, que le cerceno el lóbulo frontal quitándole
la vida, esa no que era buena, pero que no era tan mala como para no poder
decidir autónomamente cuando arrebatársela.
Emigdio, en una carrera frenetica por no perecer, corría como lo haría en
sus mejores años como atleta en el colegio, acres y acres de terreno recorridos
en tan poco tiempo que pudo, sin proponerselo, romper records de distancia
sobre tiempo, todo por salvar su vida, y relatar la muerte.
Miguel murió, el asalto preparado había dejado una victima mortal, disparos
a quemarropa en la cabeza y el vientre y un día de descanso para una cuadrilla
de militares que presentaría el cuerpo como el de un subversivo, un enfermo
destructor, que no iba en busca de trabajo sino que pertenecia a una escuadra
de una guerrilla de una compañía de una columna del bloque magdalena medio de
las FARC.
Para Emigdio, era mejor no morirse.