miércoles, 22 de enero de 2014

Zobeida

Ivan Klima dice que nada se parece tanto a la muerte como el amor. Cada aparición de cualquiera de los dos es única pero definitiva, irrepetible, inapelable, impostergable.

El amor y la muerte no tienen historia. En Zobeida, aquella ciudad de Calvino, soñada como la trampa absoluta, amor y muerte coexisten. Y son tan similares que soñar con el amor y construirlo es morirse, es recorrer las calles idealizadas, preparadas, buscando a la mujer fantaseada, yendo y viniendo por sus calles como si se tratase de un laberinto sin salida en el que el amor, o enamorarse, no tiene más remedio que equipararse a la muerte, allá donde termina el camino no muere el deseo, se hace más intenso; pero la mujer, inmaterial, alienada, no puede encontrarse.

Pienso en esos hombres que diseñaron caprichosamente a Zobeida, cada uno con un patrón tan distinto el uno del otro que acumularon tal cantidad de formas y caminos que es poco probable que dos hayan recorrido o soñado siquiera alguno que compartiera pocos metros con los demás. Donde uno construyó una autopista otro diseñó un puente elevado, allí donde alguno soñó una gran plaza, punto de partida de su búsqueda, otro soñó un muro inescapable, una talanquera cuya función no era la defensa sino la culminación, allí donde muere el hombre, estando vivo, nace el deseo.  

Es una ciudad blanca, pura, no podría ser de otra forma. Suficiente ya habría con la formulación antojadiza de los miles de urbanistas que la diseñaron. No podría ser naranja, no podría ser roja, no podría ser negra, de ninguna otra forma tanto deseo hubiese podido contenerse ¿Imagina usted una ciudad rosa habitada por hipersexuales?

La naturaleza de Zobeida no es ser fugitiva, por el contrario, trata de ser captora. Miedo y amor se funden en una aleación tan fuerte que los elementos que la componen ya no pueden separarse. ¿Pero Zobeida?  Zobeida no existe, y no existirá, es una idealización, es una mujer que vaga desnuda, de cabello largo, que origina el enamoramiento a la par del miedo, la melancolía.

Zobeida no es real, pero se manifiesta. Puede ser, en esencia, una porción de Andrea, de Gina, de Ingrid, de Alejandra, de Mónica, tal vez por eso cada hombre construye un camino distinto, nunca dos sueños son iguales, porque nunca una plaza será el lugar central de una historia, otra puede construirse en un callejón y terminar en una sala de cine vacía, si es que termina, o comienza.

Hay que sobrevivir a los demás, a pesar de sus caminos, caminos que ya eligieron y que no se cruzan con el nuestro, por desgracia.