Siempre que me dan ganas de
escribir empiezo con mucho ánimo, luego me doy cuenta que lo que escribo no
tiene la calidad de lo que haría un niño de preescolar pero igual continuo,
porque si en algo nos caracterizamos es en insistir en lo que hacemos mal.
En el arte de escribir soy un
bisoño, más o menos como en todas las actividades de la vida, porque si de algo
estoy seguro es que no sé cómo deben hacerse la mayoría de las cosas. Un
atributo de los tipos como yo es que generalmente concebimos que sabemos todo,
pero en la práctica fracasamos pelando una mandarina. Y la razón es simple, es
que en la vida todo no llega junto, más bien de forma lineal, un día aprendemos
a leer y a los 24 años nos damos cuenta que eso no era lo importante sino
comprender, y ahí uno se da cuenta que perdió como 20 años resumiendo el Pedro
Páramo, escribiendo una reseña del Quijote o garabateando los objetivos de una
tesis.
Y más tarde uno se da cuenta que
sigue equivocándose, que saber leer y comprender no era lo importante, sino
saber escribir, y después, porque la vida es lineal y no paradigmática, se da
uno cuenta que en realidad lo importante no es saber escribir, sino saber hablar.
Pero uno llega a esa conclusión a los 26, cuando es tarde, porque eso debió
haberse sabido a los 14. De haber sido así, hoy mis opiniones sobre el sexo, la
política, dios o la muerte serian diferentes. Todo, eso sí, se va uniendo, lo
que uno cree de una cosa se relaciona con otra y se debe pensar muy bien para
no caer en contradicciones, porque uno no puede estar en contra del aborto pero
si a favor de la pena de muerte, por ejemplo.
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Cuando tenía 15 años, Sara me
producía sensaciones extrañas. No sé si la quería, o si por efecto de las
hormonas solo quería llevarla a la cama y luego decirle que no me interesaba
nada más de ella. El punto es que yo no supe hablar, le escribí algunas cosas
que neciamente le entregaba en forma de sobre sin sobre, una hoja doblada con
líneas irregulares que como resultado daban aspecto de envoltura de correo.
Cuando la veía me sonrojaba y ella también, otorgándole una categoría de
idiotez trémula a nuestros encuentros. Las cartas que le escribía bien podrían
ser hoy ejemplos malogrados de epístolas de amor, no como las de Napoleón a
Josefina o las del profeta Gibran a Mary, pero las escribía pensando que era
mejor no estimular el encuentro físico sino las memorias que evocan las
palabras, que era mejor porque creía en eso, porque hablar no era mi fuerte
pues siempre fue más importante saber leer para resumir el Pedro Páramo que
saber hablar para tener sexo con Sara.
Si la vida me hubiera enseñado a
los 15 años que saber hablar era tan importante, más que leer y escribir, de
pronto hubiera sacralizado mi cama con ella, la habría convertido en un altar
de sacrificio, pero a los 15 la vida no me había enseñado eso sino a leer y
releer para recitar la misa o los movimientos artísticos del barroco.
Me abrigaría el consuelo de haber aprendido a
escribir, si bien lo hiciera, pero a los 26 sigo escribiendo, ya no cartas,
sino mensajitos con agregados de signos de puntuación que hacen las veces de
emociones, dos punticos y un paréntesis convexo, la tristeza contenida en dos caracteres,
o dos punticos y el signo pesos, el sonrojo que me producía Sara virtualizado y
enajenado de mi cuerpo, pero sigo escribiendo igual que a los 15 y no aprendí a
hablar.
Hace un tiempo le escribí unas
líneas a otra mujer, se las envíe por facebook pero no las ha leído. Creo que
le parece más hermoso mi silencio. De pronto la vida, como es lineal, me va a
enseñar en unos años que lo importante no es saber hablar, sino quedarse
callado. Pero es que si en algo nos caracterizamos es en insistir en lo que
hacemos mal.