Ya no sucede tan a menudo, o al
menos eso es lo que parece. Todos los días me levanto y camino al consultorio y
a la universidad y pienso que estoy haciendo las cosas como se deben. Luego recuerdo que voy en un
bus y me pregunto si lo que deseaba era salir todos los días de la casa para
sentarme en un escritorio a firmar y sellar evaluaciones clínicas o para ir a
hablar con mi directora de tesis sobre el artículo de Zielynsky en el que dicen
que morirse de un infarto en el trabajo es una posibilidad real si uno pasa
mucho tiempo sentado, lo cual, como es preciso, no se debe.
Ahora me levanto de mi silla y
paseo por los alrededores de la oficina, hago lo que se debe. Voy a la estación de servicio y
veo a la vendedora de seguros para autos sentada con su espalda recta y su
mirada fundida sobre la pantalla que tiene un programa para calcular el costo de
los seguros: modelo, marca, línea tipo de cabina y precio. Demoro lo justo
mientras pago la avena y las galletas de soda para darme cuenta que ella hace
lo que no se debe. Sentada, todo el
día, supongo que tendrá más riesgos de infartarse que yo, que apenas trabajo 5
horas.
Creo que algo pasa mientras uno espera que pase el tiempo. De pronto se va
infartando de a pocos. Desperdiciando la vida en esos momentos en los que es
preciso y se debe desperdiciar pero
ojalá de pie, para no morirse tan rápido. A veces siento ganas de decirle que
se levante de la silla y camine por 10 minutos cada dos horas, que es lo que
recomienda Zielynsky para no morirse de un infarto. Me parece que las
relaciones más distantes son las que se conservan con más alegría. Por eso no
me atrevo a decirle algo. Prefiero que se muera de un infarto y no que un día
decida hacer lo que se debe “levantarse”
a caminar y que yo vaya y no la vea, pérdida, haciendo lo que no se debe, ahí, en su silla.