Ser feo es una cosa usual, más bien, normal. Pensar en lo feo, en las personas feas, que es de lo que trata este escrito, es una cuestión fácil. No hay que recurrir a la idea suprasensible de la fealdad para entender o siquiera imaginar el concepto, porque esa idea de lo feo vive en el espejo. Basta con que usted, amigo lector, recurra con prontitud al baño más cercano, identifique el espejo, se pare frente a él, y entenderá el concepto, no necesitará comprender intrincados textos sobre la fenomenología de la feúra, ni mucho menos, engorrosos libros de estética antropológica.
Pero algo hemos estado haciendo mal. Los feos, en el afán de hipersensibilizar la idea de lo bello, que es de lo que no trata este escrito, hemos encontrado eco en ese mismo espejo, en ese mismo baño. Se observa con beneplácito, como imágenes que merecen premios de fotografía a la mejor edición, son expuestas a diario en las redes sociales, un sinfín de posturas y más que de posturas, de actitudes, se revelan en la fotografía que las niñas y algunos niños suben a facebook. Es leitmotiv, aquella en la que la modelo –si se me permite el empleo del término- posa de manera coqueta lanzando un beso, o aquella en la que un escote pronunciado no es necesario, pues la jovencita, con su cabeza a la altura del ombligo, tronco flexionado, muestra impávida, en actitud desafiante, lo que parecen ser las tetas, más no sus desgracias, no contenta con ello, la imagen, en una suerte de fetichismo y narcisismo de quien se plasma en ella, se toma en un baño, con un espejo de fondo. Nuca he entendido el concepto detrás de esta práctica, de hecho, no creo que lo tenga.
Los feos debemos de ser victimas de algún tipo de violencia. Desde que fuimos “descubiertos” somos feos, porque una conquista (invasión), implica también, imponer el arquetipo de lo bello, hacerlo una idea suprasensible, inalcanzable. De ahí, que a veces imagine que los feos hemos sobrevivido a una violencia simbólica y a una violencia estructural desde la misma época de la colonia. Supongo que los indígenas también tenían, previo a la llegada de los bellos europeos, un paradigma propio de belleza, tal vez, yo, en ese, tampoco hubiese sido admirado. Los feos hemos sobrevivido a la barbarie de la belleza usando tácticas camaleónicas, hemos ocultado nuestra fealdad, tras una máscara de inteligencia subvalorada, o sobre una forma particular de tratar con la gente, porque a los feos nos toca ser buenas personas.
En fin, no odio a los feos, ni siento animadversión por los bonitos, Sócrates era horrible y lo mataron, no por feo, sino por inteligente. Los antropólogos de finales del siglo XIX, por ejemplo, medían los huesos, las carnes y lo que pudieran de nosotros, detallaban paso a paso lo que nuestros ancestros latinoamericanos hacían, incluso cuando cagaban, para demostrar que éramos feos (primitivos, nos llamaban), pensaban que nos encontrábamos en un estadio previo de la evolución. Total, aquí ellos se “comparaban” con nosotros desde la otredad, desde la existencia del otro, desde el reflejo, desde el “espejo”.
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