miércoles, 30 de abril de 2014

Déjame Llorar

Es tan primitivo mi conocimiento de la música que distinguir el silbido del viento del maullar de un perro nostálgico es tarea fútil. Constantemente pienso en esa pieza musical de la opera Rinaldo de Handel. No supe, hasta bien leída la historia, que se trataba de un aria, y menos que era obra de un tipo que se llamaba Handel, Haendel o Händel.

Luego de escuchar la pieza en una película de Von Trier, decidí, a pesar de lo incidental en el filme, agregarla a mí lista de favoritos. Es trágico, siento culpa cada vez que la escucho. En la película una pareja sostiene una relación sexual desenfrenada mientras la hermosa voz, hecha música, se funde con el sonido de los vientos y los metales hechos música, así como los amantes se vuelven uno en la excitación y la lujuria. Mientras todo ello ocurre el hijo de la pareja, Nick, sale de su cuna, se asoma a la ventana abierta, y cae con la nieve grácil, ya no en una ópera sino en una sinfonía en la que aria, orgasmo y libertad se tiñen del rojo enceguecedor de la muerte.  

Y es trágico porque la obra es preciosa, pero siempre la asocio a ese evento desafortunado en el que tuve que saber de su existencia. Se oye, diáfana, con pasión, pero a la vez con sutileza, la palabra libertad. De golpe recuerdo a la mujer teniendo uno de los más placenteros orgasmos que haya visto en el cine, y a la par, en el crepúsculo del clímax veo a Nick cayendo por la ventana en un claro desafío a la perdida de vitalidad de su madre y padre, una carrera por llegar primero a la línea de meta, la muerte.

Los segundos previos a la muerte transcurran con una tranquilidad

Ha de ser muy raro palpitar un orgasmo el día en que los hijos se mueren. Tal vez se entienda como la invocación a una sustitución, una sucesión innecesaria y cruel recordada por lo excitante de la creación. Déjame llorar por mi cruel destino; y ese anhelo por la libertad. Yo siento que una parte de mi muere cada vez que el recuerdo de la escena llega a mi mente. No sé qué me motiva a escuchar la pieza en ocasiones tan disímiles que creo que puede ser útil para consolar en un funeral así como para ambientar la más agradable de las conversaciones. No sé, tal vez estoy viviendo un orgasmo y en la antípoda de mis deseos está muriendo algo dentro de mi, un Nick que va cayendo junto con la nieve en lo frío y sombrío de mis pensamientos.


Y que suspire y que anhele la Libertad.  

miércoles, 22 de enero de 2014

Zobeida

Ivan Klima dice que nada se parece tanto a la muerte como el amor. Cada aparición de cualquiera de los dos es única pero definitiva, irrepetible, inapelable, impostergable.

El amor y la muerte no tienen historia. En Zobeida, aquella ciudad de Calvino, soñada como la trampa absoluta, amor y muerte coexisten. Y son tan similares que soñar con el amor y construirlo es morirse, es recorrer las calles idealizadas, preparadas, buscando a la mujer fantaseada, yendo y viniendo por sus calles como si se tratase de un laberinto sin salida en el que el amor, o enamorarse, no tiene más remedio que equipararse a la muerte, allá donde termina el camino no muere el deseo, se hace más intenso; pero la mujer, inmaterial, alienada, no puede encontrarse.

Pienso en esos hombres que diseñaron caprichosamente a Zobeida, cada uno con un patrón tan distinto el uno del otro que acumularon tal cantidad de formas y caminos que es poco probable que dos hayan recorrido o soñado siquiera alguno que compartiera pocos metros con los demás. Donde uno construyó una autopista otro diseñó un puente elevado, allí donde alguno soñó una gran plaza, punto de partida de su búsqueda, otro soñó un muro inescapable, una talanquera cuya función no era la defensa sino la culminación, allí donde muere el hombre, estando vivo, nace el deseo.  

Es una ciudad blanca, pura, no podría ser de otra forma. Suficiente ya habría con la formulación antojadiza de los miles de urbanistas que la diseñaron. No podría ser naranja, no podría ser roja, no podría ser negra, de ninguna otra forma tanto deseo hubiese podido contenerse ¿Imagina usted una ciudad rosa habitada por hipersexuales?

La naturaleza de Zobeida no es ser fugitiva, por el contrario, trata de ser captora. Miedo y amor se funden en una aleación tan fuerte que los elementos que la componen ya no pueden separarse. ¿Pero Zobeida?  Zobeida no existe, y no existirá, es una idealización, es una mujer que vaga desnuda, de cabello largo, que origina el enamoramiento a la par del miedo, la melancolía.

Zobeida no es real, pero se manifiesta. Puede ser, en esencia, una porción de Andrea, de Gina, de Ingrid, de Alejandra, de Mónica, tal vez por eso cada hombre construye un camino distinto, nunca dos sueños son iguales, porque nunca una plaza será el lugar central de una historia, otra puede construirse en un callejón y terminar en una sala de cine vacía, si es que termina, o comienza.

Hay que sobrevivir a los demás, a pesar de sus caminos, caminos que ya eligieron y que no se cruzan con el nuestro, por desgracia.