A veces estoy radiante, especialmente cuando me deshago en elogios al amor,
al amor en cualquiera de sus formas. Me suspendo frente a la vida, dejo que las
cosas pasen frente a mis ojos con una pasividad que no opone resistencias a la
duda o la simple idea de no existir, porque hago como si no existiera, como si
me hubiera muerto en otro tiempo y viviera una vida que no me pertenece. Ya no
aspiro a otra vida, con esta es suficiente y si me sobra aspiro a vivirla plenamente.
Pienso en Brillith, hoy leí una crónica sobre su muerte que se centró en su
melancólica vida. Tenía 14 años, se disparó en el patio de su colegio, frente a
sus compañeros de estudio, frente a sus profesores. Honró con notas fúnebres a
quienes vieron por ella; a su madre, que la abandonó, le dio gracias por
parirla, por expulsarla a este mundo en el que ella decidió no estar más, le
dejo otra carta a su mejor amiga, con la que ya no eran tan amigas por las
delicadezas propias de la adolescencia, una más a su tía que no era su tía sino
la mujer que la había recogido de la calle y escribió unas líneas finales dedicadas
a su madrina, que era la hija de su tía, que como ya se sabe, no era su tía, un
absurdo.
La angustia de ella no dependía de sí misma, sino del azar. Pudo no haber
nacido, no existir “esa” Brillith, con ese nombre, escrito así, tal vez era la
única pero bien pudo no haber llegado aquí para irse tan pronto. También pudo
haber nacido pero morirse antes, que alguna bestia de Mariquita le pasara sus
carnes con brío por las suyas, intoxicarse con plaguicidas de alguna plantación
de arroz, resbalar en el baño, caerse en la calle, pero es que la muerte es disimulada,
no caza a sus muertos sino que a veces los conduce a la trampa.
La muerte es femenina, vanidosa, le gusta dominar y que no le sean
indiferentes, en el culmen de la miseria los hombres y las mujeres se rinden a
ella, van muriéndose desde que nacen, le coquetean a diario hasta que un día la
muerte les da un sí o se abigarran a ella en un teatro dantesco, una hazaña
propia de indómitos que quieren llegar
primero al sin destino, ojalá sin hacer escándalo, no como hizo Brillith.
Aquí seguimos nosotros, indiferentes, Brillith no nos importaba, y nos no
va importar ahora, ya se murió, pero ese decorado de la realidad que invita al
suicidio aún está presente, no con ese dramatismo de escuela secundaria, con
esa pantomima de vida y muerte que fue Brillith, pero ese mismo escenario que
la mató a ella da algunos tímidos
brochazos para montar un aparataje escenográfico similar, telones desteñidos
decorados con miseria, vidas que no merecen ser vividas. Ojalá a mi me sobre
vida para vivirla así sea una representación mediocre de lo que quiero ser, no
me quiero morir a los 14.
No hay comentarios:
Publicar un comentario