jueves, 11 de octubre de 2012

La Hazaña de Morir a Destiempo


A veces estoy radiante, especialmente cuando me deshago en elogios al amor, al amor en cualquiera de sus formas. Me suspendo frente a la vida, dejo que las cosas pasen frente a mis ojos con una pasividad que no opone resistencias a la duda o la simple idea de no existir, porque hago como si no existiera, como si me hubiera muerto en otro tiempo y viviera una vida que no me pertenece. Ya no aspiro a otra vida, con esta es suficiente y si me sobra aspiro a vivirla plenamente.

Pienso en Brillith, hoy leí una crónica sobre su muerte que se centró en su melancólica vida. Tenía 14 años, se disparó en el patio de su colegio, frente a sus compañeros de estudio, frente a sus profesores. Honró con notas fúnebres a quienes vieron por ella; a su madre, que la abandonó, le dio gracias por parirla, por expulsarla a este mundo en el que ella decidió no estar más, le dejo otra carta a su mejor amiga, con la que ya no eran tan amigas por las delicadezas propias de la adolescencia, una más a su tía que no era su tía sino la mujer que la había recogido de la calle y escribió unas líneas finales dedicadas a su madrina, que era la hija de su tía, que como ya se sabe, no era su tía, un absurdo.

La angustia de ella no dependía de sí misma, sino del azar. Pudo no haber nacido, no existir “esa” Brillith, con ese nombre, escrito así, tal vez era la única pero bien pudo no haber llegado aquí para irse tan pronto. También pudo haber nacido pero morirse antes, que alguna bestia de Mariquita le pasara sus carnes con brío por las suyas, intoxicarse con plaguicidas de alguna plantación de arroz, resbalar en el baño, caerse en la calle, pero es que la muerte es disimulada, no caza a sus muertos sino que a veces los conduce a la trampa.

La muerte es femenina, vanidosa, le gusta dominar y que no le sean indiferentes, en el culmen de la miseria los hombres y las mujeres se rinden a ella, van muriéndose desde que nacen, le coquetean a diario hasta que un día la muerte les da un sí o se abigarran a ella en un teatro dantesco, una hazaña propia de  indómitos que quieren llegar primero al sin destino, ojalá sin hacer escándalo, no como hizo Brillith.

Aquí seguimos nosotros, indiferentes, Brillith no nos importaba, y nos no va importar ahora, ya se murió, pero ese decorado de la realidad que invita al suicidio aún está presente, no con ese dramatismo de escuela secundaria, con esa pantomima de vida y muerte que fue Brillith, pero ese mismo escenario que la mató a ella  da algunos tímidos brochazos para montar un aparataje escenográfico similar, telones desteñidos decorados con miseria, vidas que no merecen ser vividas. Ojalá a mi me sobre vida para vivirla así sea una representación mediocre de lo que quiero ser, no me quiero morir a los 14.

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