Cristian
Lo veía en clase un par de días a la semana, nunca, desde que empezó el
primer bimestre Cristian fue al colegio todos los días, pasaba como cualquier
estudiante mediocre, desapercibido. A sus 13 años ya tenía la talla de un basquetbolista
negro de los guetos de New York, pestañas largas, ojos verdes, pequeños y
redondos como los de un koala y un carácter apacible y pausado. Impresionado
por sus ausencias y por una costumbre absurda de abandonar los lugares que me
son hostiles decidí seguirlo en una de sus andadas.
El Museo
La primera vez que lo seguí, rápidamente lo notó, emprendió la huida con
unas zancadas irrepetibles para mí, a la distancia lo veía voltear a mirar en
busca de mi silueta inquisidora que lo único que deseaba era seguirlo, saber
que hacía. Para la siguiente ocasión ya nos habíamos visto previamente en el
colegio, en ese momento no corrió, como por inercia y una complicidad motivada
por la adolescencia compartida espero a que lo alcanzara.
Caminamos por la cuadra del Cafam, llegamos hasta el velódromo, presurosos
por aparentar más madurez y menos estupidez nos cambiamos de saco, me quité el
de “Salesiano” y me embutí en uno verde a rayas, como de empleado de oficina,
tenis azules y el jean roído del atuendo
escolar.
Imaginé que de ahí pasaríamos buena parte del día haciendo lo que hacen los
vagos, ir de allá a aquí, de aquí a allá sin estimulación natural. Embebido en
sus pensamientos, Cristian me dijo que había algo que hacer, que solo necesitábamos
250 pesos y el carné del colegio. Sin más preguntas lo seguí, caminamos desde
la 22 sur hasta la 13 en el centro, donde queda El Tiempo, el Banco de la República
y el destino de ese día, el Museo del Oro.
La Visita Guiada
Sin preámbulos nos dirigimos a la taquilla, descuento con carné por ser “estudiantes”
y una antropóloga hermosa que parada en las escaleras cubiertas por un tapete
rojo como estrella del cine independiente nos conminó luego de ver nuestro
tiquete a seguirla en una visita guiada por ella. Qué más da, éramos
dos vagos con todo el tiempo de unas clases fallidas para aprender de chamanes,
de culturas indígenas lejanas de las que nunca vimos más que un mapa en el
colegio y una historia contada por los cronistas de la España conquistadora. La
seguimos por las salas, detallábamos cada uno de sus comentarios con la
dedicación exclusiva de ver sus labios rojos moverse en unas articulaciones de
intelectualidad que imponían su conocimiento a nuestras mentes fenecidas ante desaciertos
y esa arrogante pero fascinante belleza que seduce con erudición.
Más de tres horas de visita, la imagen de una mujer hermosa e intelectual,
la primer mujer de la que me enamoré, y un amigo con el que repetimos con inconstancia
las ambiguas salidas por los siguientes 34 días de escuela, que no eran
escuela, eran calles disfrazadas de salón.
El Empellón
A Cristian lo descubrieron un par de días luego de nuestra visita al Planetario,
a partir de ahí, curtido en el manejo de la ciudad, en la actitud inocente de
explorador de los espacios heterogéneos de la capital, continué solo. Bibliotecas,
parques, alamedas, museos. Mientras Cristian volvía a la rutina pesarosa del
uniforme, de la misa, de la oración, la retahíla obligada a dios para todas las
mañanas y las clases aburridas, fastidiosas, rutilantes, yo hacía de las mías,
exposiciones fotográficas, conciertos gratuitos, horas y horas frente a un
televisor en una tienda de videojuegos, un estilo permisivo y fascinador que me
permitía la ausencia de la cárcel educativa y el encuentro con mis seducciones.
El Año Fallido, el Año
Vivido
No podía ser de otro forma, dos meses calendario sin asistir a las clases
en el colegio con apenas 12 años de edad no podrían tener otra consecuencia que
la de “perder el año”, tres logros no alcanzados, uno a uno de materias
diferentes, religión, inglés y tecnología, una insuficiencia lamentable, toda
vez que nunca me fue mal en ninguna, solo que nunca fui al colegio y eso debió
cambiar las cosas, por lo menos suavizarlas.
No volví a saber de Cristian, era paisa, se fue para Medellín, se convirtió
en un espectro, de esos recuerdos que vienen a la memoria de vez en cuando. Una
fracción del mundo que conocí se la debo a él, otra fracción a la antropóloga,
el tipo de mujer de la cual siempre me enamoraré.
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