jueves, 19 de julio de 2012

Del Poder, el trabajo, el placer y el amor


Todo en el mundo son relaciones de poder, que son validas en el encuentro de sujetos autónomos no subordinados a esquemas ni sistemas, pero las relaciones de poder, sean estas frente al trabajo, a la academia o en el plano mismo del amor se subordinan a representaciones asimétricas y perpetuadas de la realidad. No es lo mismo con base en ello, tener el poder que ejercerlo, son marcadores de desigualdades entre quienes tienen, ejercen y quienes son los sujetos sobre los que recae la acción, porque el poder es acción humana en su más miserable connotación.  

El poder, entendido como la realización de los deseos aunque se presenten resistencias reside principalmente en el ámbito del individuo, de degradar o minimizar el bienestar colectivo o de un grupo o pareja y pensar para sí, buscando el despliegue personal en busca de hacer y ejercer “la propia voluntad”. En la creación del vínculo sentimental, que en los animales llamaríamos de reproducción, la subordinación se presenta desde la etapa misma del cortejo en la que uno de los dos exhibe sus desgracias para agradar al otro. Para los humanos la situación es similar, de entrada existe un dominio vincular, un poder intersubjetivo supeditado al nivel del poder social logrado en términos del prestigio como una categoría de la regulación cultural impuesta como norma, norma cultural como la violencia, cultural como el dinero, cultural como la inteligencia o la falta de ella.

La mitificación del amor, del trabajo, de las personas, del deseo, del apego, esconde tras de sí relaciones de dominación, de dependencia; el deseo y el placer nos entregan al otro desprovistos de armas, plagados de necesidades y envueltos en una algarabía que pronto se derrumba si no se halla correspondencia a esa aspiración de dominación que queremos, que el otro cumpla su voluntad a fuerza de hacer concesiones dolorosas por compañía, por trabajo o por sexo.

Estas son situaciones legitimadas por parte de quien recibe los efectos del ejercicio del poder, de quien piensa que todo lo que se hace por amor, por trabajo o por agradar tiene que llevar consigo la impronta de unos consentimientos que no nos agradan, pero que a la larga se aceptan por vivir bajo la lógica de una realidad que aunque impuesta es aceptada en parte, porque como a los niños, nos permite el goce próximo de una caricia, una palabra de aliento o el simple y mísero reconocimiento.  

Entregarse a esa dominación es fácil, todo porque nos gusta sentirnos subordinados, porque como en el amor, en el trabajo o en el colegio nos gusta sentir la sensata vigilancia de quien creemos superior en términos de una moralidad que con los años se desvanece, pero tiene que pasar  mucho o tal vez poco tiempo para decantarse por una realidad paralela, en la que el gozo que produce la dominación resulta claro en términos de una fractura de nuestra conducta, o mejor, de nuestro deseo.  

Pero hay que creer que existen relaciones no subordinadas, relaciones no alienadas, ni alienantes, personas a quienes queremos, trabajos que deseamos y sueños que compartimos, que no están bajo la tutela del poder ni la dominación, relaciones de las que no subyace el mínimo deseo de propiciar nuestra voluntad a la fuerza. Que nos hacen tristes, sí, pero que están alejadas de la vigilancia, que no pertenecen al panóptico natural que es una sociedad mediada por las reglas del más fuerte, ni por el deseo de castigo que llevamos desde adentro, el de la culpa, el del pecado. Hay trabajos, ,situaciones o personas a las que queremos sin remedio, sin dilaciones, sin medidas posibles, sin jaulas, sin jerarquías y aunque nos duela, simplemente las queremos. 

4 comentarios:

  1. Sociológico y pretencioso pero interesante, hay un síntoma.

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    1. Hay signos y síntomas,como los había con Eco, con Barthes. Pero para no pasar por pretencioso, simplemente es un análisis vacío de las relaciones de poder y de como nos sometemos al Gran Hermano, o a otros sujetos dejando de lado nuestros deseos por agradar a los demàs.

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  2. No sé pero me sentí identificada con el escrito. Raro el asunto...
    Muy bueno, eso así.

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    1. El último párrafo es disonante y esta escrito con otra estructura, inicialmente cuando escribí el texto hace dos semanas no estaba ese y habían otros elementos que suprimí en este discurso final, creo que lo más importante es en "este" caso el último párrafo, asì se encuentre sin coherencia ni cohesión intra-textual. Los otros párrafos son mera lisonja proto-sociológica.

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