Todo en el mundo son relaciones de poder, que son validas en el encuentro
de sujetos autónomos no subordinados a esquemas ni sistemas, pero las
relaciones de poder, sean estas frente al trabajo, a la academia o en el plano
mismo del amor se subordinan a representaciones asimétricas y perpetuadas de la
realidad. No es lo mismo con base en ello, tener el poder que ejercerlo, son
marcadores de desigualdades entre quienes tienen, ejercen y quienes son los
sujetos sobre los que recae la acción, porque el poder es acción humana en su
más miserable connotación.
El poder, entendido como la realización de los deseos aunque se presenten
resistencias reside principalmente en el ámbito del individuo, de degradar o
minimizar el bienestar colectivo o de un grupo o pareja y pensar para sí,
buscando el despliegue personal en busca de hacer y ejercer “la propia
voluntad”. En la creación del vínculo sentimental, que en los animales
llamaríamos de reproducción, la subordinación se presenta desde la etapa misma
del cortejo en la que uno de los dos exhibe sus desgracias para agradar al
otro. Para los humanos la situación es similar, de entrada existe un dominio
vincular, un poder intersubjetivo supeditado al nivel del poder social logrado
en términos del prestigio como una categoría de la regulación cultural impuesta
como norma, norma cultural como la violencia, cultural como el dinero, cultural
como la inteligencia o la falta de ella.
La mitificación del amor, del trabajo, de las personas, del deseo, del
apego, esconde tras de sí relaciones de dominación, de dependencia; el deseo y
el placer nos entregan al otro desprovistos de armas, plagados de necesidades y
envueltos en una algarabía que pronto se derrumba si no se halla correspondencia
a esa aspiración de dominación que queremos, que el otro cumpla su voluntad a
fuerza de hacer concesiones dolorosas por compañía, por trabajo o por sexo.
Estas son situaciones legitimadas por parte de quien recibe los efectos del
ejercicio del poder, de quien piensa que todo lo que se hace por amor, por
trabajo o por agradar tiene que llevar consigo la impronta de unos
consentimientos que no nos agradan, pero que a la larga se aceptan por vivir
bajo la lógica de una realidad que aunque impuesta es aceptada en parte, porque
como a los niños, nos permite el goce próximo de una caricia, una palabra de
aliento o el simple y mísero reconocimiento.
Entregarse a esa dominación es fácil, todo porque nos gusta sentirnos
subordinados, porque como en el amor, en el trabajo o en el colegio nos gusta
sentir la sensata vigilancia de quien creemos superior en términos de una
moralidad que con los años se desvanece, pero tiene que pasar mucho o tal vez poco tiempo para decantarse
por una realidad paralela, en la que el gozo que produce la dominación resulta
claro en términos de una fractura de nuestra conducta, o mejor, de nuestro
deseo.
Pero hay que creer que existen relaciones no subordinadas, relaciones no
alienadas, ni alienantes, personas a quienes queremos, trabajos que deseamos y
sueños que compartimos, que no están bajo la tutela del poder ni la dominación,
relaciones de las que no subyace el mínimo deseo de propiciar nuestra voluntad
a la fuerza. Que nos hacen tristes, sí, pero que están alejadas de la vigilancia,
que no pertenecen al panóptico natural que es una sociedad mediada por las
reglas del más fuerte, ni por el deseo de castigo que llevamos desde adentro,
el de la culpa, el del pecado. Hay trabajos, ,situaciones o personas a las que queremos sin remedio, sin dilaciones, sin medidas posibles, sin jaulas, sin jerarquías y aunque nos duela, simplemente las queremos.
Sociológico y pretencioso pero interesante, hay un síntoma.
ResponderEliminarHay signos y síntomas,como los había con Eco, con Barthes. Pero para no pasar por pretencioso, simplemente es un análisis vacío de las relaciones de poder y de como nos sometemos al Gran Hermano, o a otros sujetos dejando de lado nuestros deseos por agradar a los demàs.
EliminarNo sé pero me sentí identificada con el escrito. Raro el asunto...
ResponderEliminarMuy bueno, eso así.
El último párrafo es disonante y esta escrito con otra estructura, inicialmente cuando escribí el texto hace dos semanas no estaba ese y habían otros elementos que suprimí en este discurso final, creo que lo más importante es en "este" caso el último párrafo, asì se encuentre sin coherencia ni cohesión intra-textual. Los otros párrafos son mera lisonja proto-sociológica.
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